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Del uno al cinco.

31 Mar

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28 días de permiso improrrogable, sin mapa, sin ruta, con solo cuatro meses de fronteras terrestres abiertas ante nosotros y con tantas incógnitas que nos quemaban los pedales.

Incógnita número uno: ¿nos acogerían los monjes en su morada? Se metieron hasta el fondo en las revueltas de 1988, en las que la sociedad entera mostró en las calles de todo el país que no aguantaba más; rechazaban ese incompetente y torpe partido único, ese control de opinión que resulta ofensivo para todo se humano, esa incontrolable inflación… Se montó una muy gorda.
Como consecuencias tardías de aquello, pensábamos que los monjes estarían controlados de cerca y por tanto no querrían meterse en líos de alojar a extra-terrestres. Pues bien; el 23 de febrero, día en el que entramos al país, en un templo cercano a la frontera de Mae Sot (Tailandia), hasta la cocina nos metieron!

Incógnita número dos: al haber abierto las fronteras terrestres hace cuatro meses o así, creíamos  que les pillariamos demasiado verdes en cuanto a permisos y libre tránsito de curiosos y que nos pondrían problemas a la hora de pedalear por zonas en las que no había alojamientos para extranjeros a 200 kms. a la redonda. En cambio ha habido muchas menos preguntas de las que esperábamos, trato correcto con los militares de los numerosisimos check- points que hay en la carretera (sin necesidad de sobornos), posibilidad de acampar sin que nadie se chive.
En en una ocasión en la que un peculiar bibliotecario medio estafador nos invitó a dormir en su casa para luego presionarnos para ser donadores honoríficos de su biblioteca, hubo que dar el aviso en la oficina del gobierno.
Este protocolo era obligatorio en las décadas de la dictadura. Cualquier persona que durmiera fuera de su casa ( casa de amigos o familiares), debía comunicarlo en su pueblo de origen y en el de destino. Las fuerzas del orden podían cerciorarse de que se hacía correctamente, entrando en las casas a cualquier hora de la noche.

Incógnita número tres: con el calor de marzo nos derretiríamos en la carretera junto con nuestras cubiertas. Marzo y abril son los meses más calurosos en Birmania.  Es mejor no saber cuántos grados hace.
Lo mejor, imitar a los locales. Taparse lo más posible y sobre todo cambiar los horarios. Durante este tiempo despertarnos a las 5.30 o 6 ha llegado a ser normalidad. Adelantarnos al sol y aprovechar las horas en las que se apiada de animales más débiles del planeta, nos ha hecho entender mejor la forma de vida y ritmos del país.

Incógnita número cuatro: en 28 días, con esas carreteras y el tamaño del país, no nos iba a dar tiempo a pedalear a todos los lugares que queríamos.
Es imposible ir rápido en Birmania, ni si quiera cuesta abajo! Cuando por fin te has ganado una buena bajada, tienes que ir frenando por que si no las alforjas van a salir volando. Además, al no tener un buen mapa, estábamos en manos de las muy vagas orientaciones de la gente, que tan pronto decían que faltaban 40 millas, como 80. No hay carteles, la gente no tiene coche y tampoco se mueven de aquí para allá como nosotros, así que, aunque nos costó unos días, entendimos por fin que no saben mucho de distancias.
Lo que sí saben es valorar la capacidad de dos cicloturistas ingenuos en medio de zonas montañosas deshabitadas. En las dos ocasiones que cruzamos el macizo que va paralelo
al mar, desde el este de  Gwa hasta el oeste de Teekeh, acabaron acercándonos algún tramo en sus remolques. No querían ser cómplices de un suicidio extranjero en su propia tierra.
Las zonas más sencillas para pedalear fueron antes y después de Yangon. Pequeñas ciudades muy bulliciosas  como Pah An que nos recordaban tanto a India, pueblos humildes pero con preciosas casas de oscura madera de teca antigua. Y  también poblados de chabolas de bambú, muy pobres, sin luz eléctrica ni agua, viviendo con tan poco. Niños sin acceso al colegio y madres y padres con mínimas posibilidades de cambiar la situación, viviendo al día. A veces se hacía descorazonador.
Yangon me gustó mucho; una ciudad enérgica, de habitantes muy heterogéneos. Nos movimos en bici generando más adrenalina que en paraparacaídas. En cuestión de tráfico es la ciudad más peligrosa que hemos visitado. Nuestra querida Uta nos contó que hasta hace dos años no había apenas coches en la ciudad, así que hay miles de personas con “L” al mismo tiempo y eso se nota.
Conocimos a Uta a través de “warm showers”, una página donde ciclistas se ofrecen a alojar a ciclistas viajeros. Ella es “berlinesa” y lleva 13 años en Yangon, trabajando para una empresa alemana. Como la mayoría de expatriados vive en el Lago Inye, una zona residencial preciosa. Había que ver nuestra cara de felicidad cuando llegamos a su urbanización de lujo, con piscina, pistas de tenis, etc.  Vivan los contrastes. Aceptó a sus invitados harapientos sin miramientos y se portó súper  bien con nosotros.

La zona de costa del país es bastante inhóspita. Salvo  Pathein y Ngapali, el resto no está turísticamente explotado. Son cientos de kilometros de playas con algunos pueblos de pescadores a lo largo de una carretera-camino que va unos metros hacia el interior para protegerse de los temporales. Oliendo a pescado secándose al sol ( que utilizan luego para hacer una salsa endemoniada) y con el recuerdo del sabor de los calamares que los pescadores nos regalaron en Kanthaya, pedaleamos hacia Ngapali Beach.

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En Tandwe, el campamento base para ir a Ngapali, tuvimos la gran suerte de  en encontrarnos con el gerente de un eco- resort de allí que estaba dando una vuelta en bici. A Johan le sorprendió y alegró tanto vernos, que nos invitó a pasar unos días gratis acampados en su resort. Esta claro, la bici mueve corazones.

En la parte final del mes, teníamos que plegar bicis si queríamos ver Bagan. Teniendo en cuenta que el norte del país sí que permanece cerrado a los turistas, Bagan puede considerarse zona norte aunque viéndolo en el mapa no lo sea. Fue un auténtico peregrinaje, tanto ir como volver de allí, pero supongo que en eso consiste también, tratándose de uno de los lugares históricos más sagrados del sudeste asiático. Fue la capital del reino de Pagan entre los siglos IX. y XIII., etapa en la que se dio la transición del Budismo Mahayana al Theravada, que es el que hoy en día se practica. Como no hay mayor ilusión que la del poder del ladrillo, los sucesivos reyes del reino se afanaron en construir hasta 10.000 templos en la zona. Lo que queda ahora es un gran cementerio de unos 3000 templos y estupas preciosas, rodeados de vegetación y campos de cultivo atravesados por caminos y senderos por los que nos perdimos encantados unos cuantos días.

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Después de Bagan teníamos un gran reto por delante: llegar al sur del país antes de que el visado acabara y entrar a Tailandia por Kanchanaburi.

Incógnita número cinco: ¿cuántos años puede mascar alguien betel antes de que se le caigan todos los dientes? Que ayuda a pensar, que te concentras mejor, que te mantiene despierto… ¿Cuál es el secreto de los “boca llena”? Así bautizamos a los hombres y mujeres que desde que amanece hasta que cae el sol, mastican unos trozos de nuez moscada, condimentados con hierbas aromáticas y una piedra molida , envueltos en una hoja verde fresca ( que le da nombre a la receta). El betel es barato pero el precio de mascarlo, muy alto. Por mucho que te despeje o te despegue, joé, seguirá siendo un misterio para nosotros por qué comerlo hasta que se te caigan los dientes.

Por ésta y otras incógnitas, nos gustaría tanto volver a Birmania… Es tan auténtica y misteriosa todavía…

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