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Sumatra’s road movie

25 Jun

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Optamos por el Executive Bus, nos decían que por apenas 6 euros más, tendríamos más espacio, baño y aire acondicionado libre de humo. No empezó mal la cosa, solo una hora de retraso y solo uno de los dos asientos roto, para nuestra fortuna, fijo en modo reclinado.

Por delante teníamos más de 30 horas para llegar a Soralangun, ese pueblo de nombre vasco en el que aparcamos nuestras bicis en espera de tiempos mejores.

En estas 3 semanas hemos contemplado con dolor la contaminación de las playas urbanas de Sumatra, subido “cómodamente” puertos imposibles, nadado en lagos volcánicos, ascendido volcanes activos, contemplado orangutanes a pocos metros, sudado en las pegajosas pendientes de la selva, dormido en sus llanos y descendido ríos de montaña “que discurrían entre piedras como huevos de dinosaurio”, que diría Gabo.

Hemos pasado de la llamada del muecín al cuadro de la última cena en sus variantes más kitsch, para retornar de nuevo al verde de las musholas.

También hemos hecho el Phileas Fog, saltando de un transporte a otro para llegar a tiempo a extender nuestra visa indonesia un mes más.

Hemos vivido el lujo del mochilero, durmiendo a diario en hoteles, comiendo siempre en restaurantes, avanzando cientos de kilómetros en unas horas, sin estudiar las curvas de nivel en el mapa.

Pero no todo es fácil en el mundo backpacker cuando tu destino es Sumatra y tu mitad cicloturista te impide coger aviones, pues las bicis esperan demasiado lejos de cualquier aeropuerto. Nada de lo prometido respecto al bus era cierto, lo sé, ese es también el sino del mochilero. El baño existe, pero los baches y las doce personas sentadas en taburetes en el pasillo del autobús lo hacen impracticable, no se puede llegar.
La música atronadora a cualquier hora de la madrugada quiebra el fugaz sueño que tanto costo conciliar, la gente no fuma, en eso hemos ganado respecto a los otros buses que hemos cogido, pero el circuito del aire acondicionado escupe más CO2 que oxígeno dentro del habitáculo, además caliente.

Llevábamos semanas preguntándonos porqué esta isla de paisajes sobrecogedores, gentes amables y divertidas y precios más que razonables había caído en desgracia turística. Sorprendidos al ver muchísimos hoteles medio abandonados, panfletos ochenteros con cualquier tipo de actividad recreativa y lugares que sin duda vivieron tiempos mejores, a veces nos asomaba la duda….

Mientras veo a Arantxa tratar de leer con el libro saltando en sus manos, su brazo derecho soldado con sudor al mio, y mi otra mitad fundida con los habitantes del pasillo, que sabe dios a donde van con esos pájaros, a los que de tanto en tanto les deslizan en sus cajas de carton unas gotas de agua y unos gusanos, o algún grillo, para que no lancen su último pío en el Antar Lintas Sumatera.
Cuando descendemos por enésima vez para que Pepe Gotera y Otilio pongan otro parche a ese motor mercedes con más kilómetros que la estación espacial MIR, cuando la parada es para dar ánimos a otro bus quebrado, o para que suba otra familia con todos sus pertrechos, pues aun queda sitio en la escalera, al fin lo entiendo.

No es este un lugar de fácil digestión y es demasiado fácil y razonable ahorrarse este vía crucis si, como nosotros y nuestros compañeros y compañeras de fatigas, no estás obligado a ello.

En la época de los vuelos “low cost” (en el precio no cuentan la huella ecológica que imprimimos los viajeros), somos pocos los afortunados que podemos pasar una semana reptando para hacer lo que cuesta tres horas en un avión, los que tenemos más tiempo que dinero.

Somos pocos, en definitiva, los ricos.

Pd: El viaje duró 32 horas. Los pájaros murieron.

Cicloturistadas

Un año de excedencia, dos corazones, muchas agujetas.

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