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En Kobe no hay vacas

19 Sep

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En Kobe no hay vacas, ni bueyes, ni ningún animal que eche su basura fuera de los espacios y momentos establecidos por la ley. En Kobe hay asfalto, coches, casas de click de famobil y Seven Elevens donde ojear el porno pixelado mientras cesa el chaparrón. Al menos en el Kobe que nos vio pasar en nuestro camino de Osaka a Hiroshima.

Japón nos recibió un 19 de julio lluvioso. Al salir del aeropuerto de Nagoya, nos encontramos con un planeta diferente al que habíamos habitado en los casi 10 meses anteriores. Buses limpios, puntuales, silenciosos, choferes con gorra de plato y guantes blancos; coches minúsculos, manejados por conductores que respetan las distancias de seguridad y para los que las vidas de los ciclistas parecen tener algún valor…

Y en el terreno público, frialdad, respeto absoluto del otro, hasta sentirte invisible. Normas de educación y urbanidad que, a base de repetirlas como autómatas, dejan de tener valor y sentido para este pueblerino. Verbigracia: si estás en un conbini esperando a que pase la lluvia y entras y sales en dos horas 40 veces, te saludarán cada vez. Como los sensores que encienden luces, pero con uniforme y sonrisa debajo de la mascarilla de cirujano.

Afortunadamente tampoco falta el calor de los anfitriones japoneses o expatriados, o los encuentros con amigos como Unai y Naia, junto a los que sobrevivinos el tifón en Kyoto, o el encuentro fortuito con Jorge y Mercedes en Hiroshima, ese barrio de Bilbao que los gringos destruyeron en unos segundos.

En Japón no solo no hemos evitado las montañas, sino que las hemos buscado. En ellas encontramos la conexión con la naturaleza, incluso la humana. Entre otros, nos han visto sudar los Alpes Japoneses, Koyasan, Yoshino y el Fuji (este último merece post). Cada vez que la ruta se empina se convierte en un camino de peregrinación. También aquí te puedes alojar en los templos, previo pago de entre 10000 y 13000 yenes por persona con media pensión vegeta (divide entre 100 y te salen los US$). Ni se te ocurra pedir para dormir en un huequito o poner la tienda en su precioso jardín. Para eso están los parques.

Los hoteles baratos cuestan alrededor de 8000 yenes la habitación doble y los parques tienen servicios impolutos, fuentes por doquier y buen césped (aquí la hierba está prohibida). Si pones al anochecer la tienda y la quitas con las primeras luces podrás ahorrar un pastizal. Es otra cosa buena de esta tierra, si no estás haciendo el gañan nadie va a molestarte ni a mandar a la policía. A diferencia de nuestro país, aquí dormir no es sancionable, al menos en la práctica. Además este será uno de los lugares más seguros del mundo. Hemos dejado tardes enteras las bicis aparcadas con las alforjas y al regresar, todo estaba en su sitio.

En nuestro caso los parques o las riberas de los ríos son la opción para dormir, combinada con casas de couchsurfers o warmshowers de vez en cuando. En nuestro Japón la hospitalidad espontanea es muy rara (un par de veces en casi dos meses), pero los anfitriones japoneses han sido siempre muy generosos, al igual que los expatriados. Tampoco han faltado los regalos en la carretera, el penúltimo una rueda vieja que sustituyera mi maltrecha llanta trasera. En realidad quiso cobrarnos, pero no soportó la “tensión” del regateo.

Después de casi diez meses siendo ricos económicamente, porque en tiempo seguimos siendo millonarios, en Japón somos pobres. Así lo hemos decidido, medimos las cosas con el rasero del SEA y eso nos hace permitirnos pocos lujos fuera de lo estrictamente necesario. Este es un ejercicio maravilloso y nos hace pensar que el decrecentismo que iniciamos hace casi un año debe continuar, aunque eso suponga alguna renuncia. Merece la pena.

En unos días volamos hacia el sur de España, si la lluvia nos da un respiro podremos escribir otro post sentados en la hierba de algún parque, mientras a lo lejos se oyen los gritos de los adolescentes jugando a beisbol, que es uno de los pocos momentos en los que está permitido gritar en este país.

El velero Bali.

9 Ago

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Como las cometas que surcan el cielo de Bali, todavía unidos con un hilillo a Indonesia despegamos hacia Japón. Es otro día de luto en la tierra y en el cielo por la muerte de un monton de personas que volaban de Amsterdam a Kuala Lumpur, a donde nos dirigimos hoy precisamente.
Indonesia, este grupo de islas que en su día quisieron agrupar bajo la misma bandera, son como barcos que navegan en el mismo mar sabiendo que cada cual tiene que aguantar su vela, nunca mejor dicho. Hace un mes más o menos llegamos a una de las más peculiares islas del país: Bali. A pesar de sufrir la mayor concentración de turistas del país con lo que ello puede suponer (tiendas hasta hartar, precios muy inflados y una oferta gastronómica de las que te hace olvidar dónde estás, western food a tope), Bali tiene un color especial. No olvidemos una cosa y es que la llegada a la isla fue bastante tortuosa. Dos de los días más peligrosos en estos 9 meses pedaleando. En Java ya intuíamos que los cientos de camiones y autobuses que nos adelantaban apresurados tenían nuestro mismo destino. Mas tarde los adelantamos nosotros en la cola del ferry y despúes ya en Bali volvimos a vernos las caras pero esta vez en un juego de vida o muerte a lo largo de la única y estrecha carretera que llega a Denpasar, la capital. Según nuestra experiencia andar en bici en Bali no es ni lo más seguro ni lo más divertido.
Creo que si no hubieramos quedado con mi hermana Marta allí, quizás hubieramos cambiado de rumbo al ver el percal inicial, así que gracias a la cita y alejándonos del tráfico y el olor a hamburguesa con patata frita, disfrutamos de esa cuidada y exquisita cultura que es la balinesa.

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Casi a diario tienen alguna celebración hinduista en alguno de los cientos de templos de la isla. Ellos acuden vestidos de blanco y con un vistoso pañuelo en la cabeza también blanco; ellas con vestidos de vivos colores caprichosamente combinados y camisas de encaje. A veces la ceremonia está ambientada con la orquesta típica de Indonesia llamada Gamelan, donde niños, jóvenes y mayores interpretan enigmáticas canciones con una especie de gongs, platillos, xilófonos, tambores y etc.
Suele haber un sacerdote dirigiendo el culto que a menudo consiste en complicados rituales en los que se hacen ofrendas a algún Dios. Tomando una cerveza en la puerta de un templo, un taxista nos contó que los sacerdotes son brahmanes, la casta superior que está incluso por encima de la casta de la realeza. Luego están la tercera, a la que él pertenecía y la cuarta casta, de los agricultores y gente más humilde. Bajo el aparente ambiente apacible y amable de sus gentes, hay una estricta estructura que lo ordena todo en Bali. Cada cuál sabe a qué casta y familia pertenece el otro y las sorpresas como casamientos inter-castas por ejemplo, son una perturbación del equilibrio terrenal que  no siempre acaba bien.

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Uno de los días en los que exploramos la isla, volvíamos hacia Ubud  en moto rememorando aquellos años de la ¨vespino¨ de mi hermana, cuando escuché esa música hipnótica de Gamelán. Yo no pude más que frenar y nos acercamos a la ceremonia sigilósamente. En las zonas rurales de Bali como Ubud puedes experimentar el peso de las tradiciones en el día a día; la preparación de ofrendas (con flores y hojas de platanero frescas), la colocación de las mismas en cada altar de la casa, en puertas e incluso en los sillines de nuestras bicis! las visitas a los templos, a los lugares significativos.

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Nada parece alterar su dedicación a los Dioses; ni el turismo, ni su pertenencia a un país de mayoría musulmana, ni el desarrollo. Todo lo contrario. Es como si las amenazas externas les hicieran más firmes y orgullosos de su patrimonio cultural. De hecho el taxista del que hablé antes, nos comentó que las nuevas generaciones son hinduistas más convencidos todavía que sus mayores.
Los días que pasamos en Ubud, pudimos conocer los frutos de la semilla que un día Soni plantó. Es un pintor-escultor indonesio que conocimos en Borobudur (Java), que promueve comunidades de creación e intercambio artísticas. Así conocimos Kaleidoscope o Ruma Idea (espacio de ideas). A mi la única idea que me vino a la cabeza al llegar fue ¨quien cojones va a limpiar ese baño??¨. Por qué en nombre del arte la gente hace lo que le da la real gana. En fin, mi hermana duró una noche y salío casi corriendo a un hotel cercano. Nosotros alguna más, porque además encontramos gente maja que pasaba por allí, pero creo que nuestro sistema inmunológico no daba más de si.

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Para la desintoxicacicón de ácaros decidimos ir a Gili Air. Un PARAÍSO. Una galleta María dorada sobre el mar de Bali; redonda, plana y dulce. Mi hermana volvió a nacer y nosotros seguimos rejuveneciéndo en esas playas de ensueño. Por el día, escasas palabras, horizontalidad y baños; por la noche, debates, cervezas y guitarras. El día 18 de julio, cada uno tomó su rumbo. Nosotros a Japón y Marta a Iruña. Yo me quedé tan contenta por los días compartidos… Gracias por veniiir!!!

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No lleves bocata a la selva.

16 May

Las cosas en la selva no son como me las había imaginado. No se si hemos estado en la selva o en la jungla, no se la diferencia. Lo que sé es que cuando los kilómetros de geométricas plantaciones de palma por fin acaban, dejan paso a una vegetación riquísima, valiosa, de cientos de verdes diferentes, con árboles de todo tipo, algunos enormes! Por temor a magnificar le pregunto a Gorka y me confirma que sí, que 50 metros ya medirán. Yo no puedo parar de mirar esos árboles y esa jungla impenetrable mientras pedaleamos. Esa masa de copas esponjosas. Intento distinguir cuantos tipos diferentes de árboles habrá pero cuando me doy cuenta, ya he perdido la cuenta y vuelvo a estar emborrachara de verde.
También sueño a ratos con que veo alguno de los animales que viven en esos tupidos montes; monos, elefantes, rinocerontes, serpientes, gibones, langures, perezosos y hasta tigres hay. Si pudiera verlos… Aunque sea una vez… ¿Por qué se esconden tanto?? “A ver Arantxa bonita, no es que se escondan, pero es que pasan de los humanos y qué interés van a tener en venir a saludarte hasta la carretera en el km. 145 de Ipoh a TanahRata?”. Pero alguno veré, seguro que sí.

El plan de cruzar la península malaya por las Cameron Highlands hasta el Parque Nacional de Taman Negara y bajar hasta Singapur por la costa este fue un acierto. No por los destinos, sino por el trayecto. Las altas montañas de Cameron son como la frutería del país. Plagado de invernaderos y plantaciones de té, atrae a los pijos de Kuala Lumpur que hacen excursiones familiares o escapaditas románticas los fines de semana. Lo mejor es el fresco que hace, qué maravilla. Nuestros poros descansan, dejamos de sudar durante unos días.
En dos días subimos hasta allí, parando la primera noche en un poblado Orang Asli, los aborígenes de Malasia. Resulta que ya habían pasado unos cuantos ciclistas por allí y nos recibieron con toda la naturalidad del mundo. Acampamos frente a sus casas de madera llenas de petachos y nos duchamos con ellos; en mi caso frente a ellas. Las cuatro mujeres no perdían detalle mientras fumaban unos cigarros de hoja verde que las Orang fuman especialmente cuando trabajan (si anima para trabajar deberíamos importarlo).
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En la bajada de las Cameron aunque íbamos ligeros, contentos y cantando no estaba claro el destino de la noche. Ya a última hora vimos a un muchacho en moto con una bebida en vaso y pajita. Deducción: el próximo pueblo no puede estar lejos. Pues nunca sabremos de donde carajo sacó el vaso pero allí no había ni rastro de nadie. Una señora con una furgoneta llena de niños paró y de ofreció a llevarnos hasta el pueblo. Decía que no había nada en muchos kilómetros. ¿pero cómo vamos a caber ahí? Todo apuntaba a que nos tocaba acampar en la selva, en algún huequecillo que la selva nos pudiera prestar.   Encontamos una zona perfecta, incluso con una chabola,  aunque deshabitada. Allí pasamos una noche inolvidable. Al atardecer los cantos de pájaros, sonidos de monos, ranas, cigarras, grillos y otros ruidos de origen desconocido aumentaban a cada minuto. Ya de noche veíamos a las luciérnagas volando de aquí para allá. Cenamos y al poco rato nos metimos a la tienda, a resguardo de los mosquitos.
Yo estuve unos minutos intentando concentrarme en lo que estaba leyendo pero se me hacía imposible. Los animales e insectos se acercaban lentamente a nuestra pequeña tienda. Era un acorralamiento en toda regla. Las ranas estaban ya a centímetros de mi oreja; muchas ranas y cigarras con diversos saludos. Los pájaros emitían sonidos que parecían de broma; cantos como de bocina de coche antiguo o tonos agudos, melódicos y rápidos.
Dejé el libro y decidí disfrutar de aquel concierto que me encantaba pero me inquietaba a la vez. Los ojos como platos como intentando escuchar más, como si oyéamos por los ojos… Gorka después de un rato se durmió plácidamente y yo seguía imaginando lo que había ahí fuera. De repente algo pequeño y grácil saltaba sobre la tienda, al lado de mi cabeza. Aih aihhh…¿cómo iba a dormirme así? ¿sería una rana o una serpiente? Allí estuvo saltando hasta que me dormí. No había ni rugidos ni alaridos de ningún mamífero así que dentro del sarcófago estábamos a salvo.
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A la mañana siguiente ni rastro de nadie de los de anoche. En su lugar, amanecimos con una colmena de abejas alrededor. Los Orang tienen muchas por la selva por lo que es común ver abejas por la zona. Fueron buenas y nos dejaron desayunar y todo, con el pago único pago de dos picaduras.
Hasta Kuala Tembeling, lugar de donde sale el barco que llega al Taman Negara, hicimos otra noche más de camino en Kuala Lipis, donde nos iniciamos en el mundo de los templos hinduistas para dormir. Teníamos que diversificar. La primera vez resultó muy sencilla y agradable. La segunda es digna de un post aparte!

El trayecto en barco hasta el parque nacional más importante de Malasia es precioso. Además no se que tienen los barcos de río que relajan tanto.
El Taman Negara cubre 4343km. cuadrados de zona protegida y muy visitada. De hecho lo que más he visto han sido humanos y cigarras, seres a los que nunca ves pero se hacen notar.
En el parque hay travesías que abarcan una pequeña zona del total. Cada mañana, con espíritu de Sigourney Weaver en “Gorilas en la niebla”, nos adentramos entre esas cortinas de vegetación. Superamos el calor, los mosquitos y las sanguijuelas. Subimos a altos árboles y nos escondimos cerca de salegares pero solo vimos una ardilla, varios varanos y enormes escarabajos rinoceronte. Atención con estos coleópteros porque son los animales más fuertes del mundo! Pueden levantar 850 veces su peso; como si una persona de 80 kg. levantara 68.000 kg.
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Por lo demás, la jungla es un terreno complicado para la gente de monte. En ausencia de un objetivo como el de hacer cumbre ¿dónde te comes el bocata?. Y con esa maraña de la vegetación tropical, preciosa pero abrumadora, acababa las caminatas con un sabor agridulce. Cambiar de hábitat nunca fue fácil.
Y si además tienes que asumir que sólo veras animales salvajes en los documentales de la 2…

De nudels y samosas

16 Abr

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Creo que a Malasia hay que darle un tiempo. Teníamos el listón muy alto después de visitar Birmania. Yo venía cansada de cuatro días de autopista tailandesa aburridos, en los que solo me alivié un poco durante el último tai masagge en Hat Yai. Las masajistas, todas unas profesionales. Por cierto, nunca he visto a Gorka tan pequeño en manos de aquella mujer taaan inmensa! Bueno, gorda, como Montaña Fidji (apunte de Gorka). Con lo dulce que era y le metió una caña…
Hat Yai es la gran ciudad de compras de los malayos y malayas de la zona norte. Como pasan a Tailandia incluso de alterne, la frontera abre hasta las 22h. (hora malaya). El resto de fronteras que hemos atravesado suelen cerrar entre las 17 y las 18.
Nosotros también nos liamos comprando alguna cosilla que nunca sabes si en el próximo país vas a encontrar y para cuando íbamos a mover, como pasa a menudo, ya teníamos hambre, así que fuimos a comer. A ese ritmo, llegamos a la frontera como a las ocho de la tarde, pero no había ni colas ni funcionarios lentos, de manera que entramos a Malasia enseguida aunque ya muy de noche. Un chico nos dijo que el hotel más cercano estaba a 22km. Nos miramos y digimos ” uuf, ni de coña”. Pensamos avanzar algún kilómetro y buscar algún sitio discreto para acampar. Buena forma de estrenar país.
Cuando llevábamos unos 5 km. recorridos pensando ” Joee, vaya güevones, ya nos vale, llegar a un país nuevo de noche”, un tío en moto raro raro se puso a circular detrás de nosotros. Su objetivo era advertirnos de que aquella zona era muy peligrosa y acompañarnos hasta el próximo cruce. Decía que era policía. Yo con tal de no pararme  en medio de la nada para hablar con él, pedaleaba como una posesa. Al fin, al llegar a la zona habitada, en una salida, desapareció en la oscuridad sin decir nada, a lo llanero solitario.
Acampar dejó de ser una de las posibilidades y tras unos kilometros encontramos un hotel.
Esa fue la llegada a Malasia, no muy cálida.
Por suerte en nuestro próximo destino dimos con uno de esos malayos de pura cepa de los que no abundan por esta zona.
Zhuleiman tiene con su padre una tienda de bicis en Alo Setar, una ciudad grande y elegante con un buen hospital privado donde nos diagnosticaron, a Gorka otitis y a mi una muela en situación crítica (ambas infecciones todavía en curso).
Zhul hablaba con desconfianza de los chinos, sobre todo de los que conoce en su sector. Nos decía que no les importa nada vender falsificaciones a precio de “auténtico”. También nos llamó la atención oír de nuevo que era peligroso viajar en Malasia. Eso sí, los malos son los de fuera; los indonesios, los tais, etc. Mas personas después nos han preguntado si no nos había pasado nada y nos decían que tuviéramos cuidado. Nos da qué pensar; o los medios de comunicación en Malasia difunden miedo entre la población, hablándoles de amenazas callejeras exageradas, o en otros países no nos advertían porque no sabían suficiente inglés como para hacerlo.
Dormimos un par de días en su tienda de bicis donde él lleva un par de años viviendo. Han pasado muchos viajeros por allí. Mediante Warm Showers, él acoge a ciclistas porque le gusta conocer gente extranjera y si de paso les puede hacer algún arreglo o venta, pues mejor que mejor. Nos cedió su única cama, perdón, me cedió, porque era individual…jeje. y nos ayudó en todo. Información cicloturista, poca nos dio porque le gustaba la bici, pero no tanto andar.
 
Después de esta paradita, estuvimos 4 días  en Penang con una curiosa familia de origen chino pero más occidental que yo! Hablaban inglés entre ellos,  bebían capuccino y veían series americanas. Ah! Y bendecían la mesa antes de comer, porque los niños van a un cole cristiano de aprendizaje libre, que no entendí muy bien en qué consistía.

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Sherilyn y Sam son la tercera generación de chinos viviendo en Malasia. Nos contaron que como les habían enseñado en casa, hasta hace unos años no hacían más que trabajar y trabajar para ganar mucho dinero y subir un poco más en el escalafón, pero que hace 5 años habían decidido cambiar las prioridades. Ahora curran menos, viajan más y más barato y les gusta recibir en casa a gente viajera. Así conocen mundo también desde su acogedora casa-tienda de Penang. Esta pequeña isla cuenta con una ciudad, Georgetown, cuyo centro es Patrimonio de la Humanidad por su riqueza arquitectónica, especialmente las casas-tienda, que dan una idea de los cambios sociales y económicos que vivió la ciudad  la época colonial, entre los siglos XIX. y XX.
También tuvimos la oportunidad de ciclar con la familia, cosa que nos  encantó. Nuevas sensaciones!

La verdad que pillar la esencia a este país es una tarea constante. En un mismo día hemos estado por la mañana en una fiesta multitudinaria de año nuevo Sij (los indios reconocibles por sus turbantes) a la que un señor majísimo nos ha invitado espontáneamente y por la tarde/noche, en una  iglesia cristiana, cuyo salón de actos se convierte entre semana en un club de badminton de cuatro pistas súper solicitado. El club es frecuentado por indios y chinos y chinas locos por el badminton, mientras que el fin de semana lo alquilan para celebrar bodas de cualquier credo.
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Allí hemos pasado la noche y hemos podido charlar con montón de gente variadísima. Los malayos-indios que estaban jugando me han explicado en un perfecto inglés que ellos han nacido aquí. Fueron sus abuelos y abuelas quienes vinieron a Malasia a trabajar en la construcción de infraestructuras (ferrocarriles y carreteras). El imperio Británico fomentaba la llegada de trabajadores y trabajadoras de origen indio y chino y muchos se quedaron.
También me han contado que con sus hijos e hijas suelen hablar en inglés. Estamos viendo que los grupos de origen chino e indio no valoran mucho la lengua malaya. Prefieren que sus hijos e hijas dominen el english.
Otro dato que nos ha dado el cura de la iglesia (que era de origen chino), es que muchos de los indios de esa región son cristianos.
Bueno, y creo que por hoy ya hemos tenido suficientes combinaciones de etnias, países de origen, lenguas y religiones. Cuando nos aclaremos un poco más, os contamos.
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Triángulo de oro.

16 Mar

Entramos en Tailandia por tercera vez! No levantamos ninguna sospecha ante los funcionarios de fronteras. Espero que no acabe mal, pero cada día les hacemos menos caso; cuando nos dijeron que no podíamos pasar el IV Friendship Bridge Laos- Tailandia en bici, (con la ilusión que hace!) que teníamos que coger un bus que costaba muchos Baths, nuestra respuesta fue simplemente seguir pedaleando… Y cruzar el puente tranquilamente.
Llegamos a la famosa zona del triángulo de oro, donde Laos, Birmania y Tailandia se encuentran y comparten algunas tribus de montaña, como los Taiyuan, los Tailue, los Taiyai, los Lahu, los Ching, los Akha, los Karen, rutas de contrabando opio y drogas sintéticas elaboradas en Birmania, plantaciones de te y café y unas cordilleras impresionantes, que son las que mandan de verdad.
Como nuestro ritmo de viaje es más ligero que el de nuestro blog, estamos escribiendo el post desde Birmania. Lo malo de esto es que el recuerdo es más subjetivo todavía, pero lo bueno es que nos da más perspectiva;  entendemos ahora de dónde vienen y quiénes son los Karen y los Ching que conocimos, por ejemplo. Son minorías que cruzaron las montañas huyendo de la represión birmana y se han establecido en las provincias de Chiang Rai y Chiang Mai durante los últimos 40 años.
Nada tienen que ver éstos con los “jinetes de Yunnam”, otro grupo numeroso en el norte de tailandia que huían del régimen comunista chino. Ellos fueron los principales productores de opio de la zona, hasta que el gobierno y la Casa Real tomó cartas en el asunto.
Todo morbo sobre las clandestinas plantaciones de amapolas que tan veneradas han sido por los aficionados a la heroína, se desvaneció cuando vimos la cotidianidad del opio en las casas de los lugareños, fumando en familia con toda naturalidad.
Desde la fronteriza Chong Dong pedaleamos tres días pasando por la ciudad de Chiang Rai, hasta llegar a casa de nuestro anfitrión Sky. Una de esas noches, un monje que a sus escasos 24 años dirigía el templo budista del pueblo, nos dejó acampar en su jardín. Fue uno de esas casos en los que la relación empezó con un hostil “¿puedo ver vuestros pasaportes por favor?” y acabó con regalos y si no fuera por las normas de la casa, con abrazo. Dormimos junto a una estatua gigante de Ganesh, acostumbrándonos a la mezcla de cultos.
La casa de Sky fue como un pequeño laboratorio de experiencias. Este tardío pero gran aficionado al Couch Surfing, acostumbra a alojar a todo el que pasa, así que para cuando llegamos al anochecer ya había dos chinas, dos rusos, una americana, un tailandés y Sky mismo dispuestos a cenar variados platos internacionales.
El gran Sky tenía montado todo un hostal en su casa! El trato no hablado, es cama a cambio de cena; tu cocinas y él te presta su suelo. A la llegada todas las normas y sugerencias estaban redactadas para los visitantes. También había cámaras por toda la finca para evitar robos.
Vimos que la vida de un solitario gringo incluso en Tailandia, un país  aparentemente sencillo, puede ser dura. Sentíamos que buscaba arroparse entre tanto extranjero y mantener a su alrededor un calor caótico, regado de whisky tailandés al atardecer. A sus 50 años, tras vivir millones de aventuras por el mundo, se había enamorado; de una chica
Lahu de las montañas. Quiere casarse con ella, le deseamos mucha suerte.
Dejamos el caos atrás y bajamos hacia Chiang Mai al encuentro de mi querida Katsi. Está aprendiendo los secretos del masaje tailandés allí, doy fe. Como ella también se movía en bici, fue genial ir los tres de paseo por la ciudad.
De allí nos fuimos acercando a la frontera birmana, mirando con temor la larga cordillera a nuestra derecha que sabíamos que en algún momento debiamos cruzar.

Birmania, amor a primera vista

15 Mar

Fue duro llegar hasta aquí, la etapa de Tak a Mae Sot fue para mí la peor de los 4 meses. Trazado romperpiernas con alguna subida fuerte, bajadas cortas pero potentes (mi cuenta llegó a los 76,2 km/h), cansados ya de Tailandia y con cierta incertidumbre de lo que nos esperaba en Myanmar. Así le pusieron los generales que gobiernan con mano de hierro este increíble país desde hace más de 40 años.
Ahora parece que algo empieza a cambiar, pero se percibe su alargada sombra aunque el gobierno sea “civil”.
Desde hace unos meses los guiris pueden moverse libremente por casi todo el país, si obviamos los constantes check points en los que identifican a todo el que pase, turista o local. Se dan situaciones divertidas, cono el día que nos “escoltó” la policía durante más de 30 km (eso para nosotros son dos horas con paradas para hacer fotos, tomar algo, mear…) En teoría nos guiaban, aunque iban detrás y cada cierto tiempo se daban el relevo y veíamos una cara nueva cuando ojeábamos el retrovisor. Finalmente tras cruzar el rio Irawaddy e indicarnos el camino correcto (que no era el que nosotros queriamos coger, sino uno más largo y seguro que con mejor carretera) se despidieron de nosotros.
Al entrar el país nuestras caras se iluminaron, atrás quedaba la homogeneidad del sudeste asiático, aquí los hombres llevan falda y mastican betel, las mujeres se pintan la cara con una pasta blanca… Parecido a India en lo estético a Sri Lanka en lo devoto, al SEA en el paisaje… Pero distinto a todos, un lugar y unas gentes con una tremenda personalidad, y generosidad desbordante. Nunca nos han regalado tantas cosas en tan poco tiempo, y  nos han dado mucho y de todo desde octubre hasta ahora, pero aquí es diferente.
Diferente porque aquí si se hace realidad ser novedad como visitante. Lógicamente no en los lugares turísticos o permitidos hasta ahora, pero sí en algunas aldeas del estado Karen, con un diezmado ejército insurgente aún en sus montañas, o en los caminos de la costa del golfo de bengala, siempre en construcción, donde cuando la carretera aparece fugazmente no es más que una pura amalgama de polvo y piedras aliñadas racanamente con hilos de asfalto

En Isan por accidente

9 Feb

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Esa agradable musiquita que sonaba de fondo, ese cómodo sofá… Desperté y no sabía donde estaba! Aah..si..era Ubon Rachatani, el Thomburi Hospital. Habíamos vuelto a Tailandia.
El 8 de enero del año del caballo, un mono de nombre desconocido, saltó sobre Gorka cuando nos disponíamos a abandonar el templo donde no muy amblemente los monjes le tenían atado con una cadena para entretenerse. Nunca sabremos si fue porque no quería que nos fuéramos o todo lo contrario pero en cuestión de un escaso segundo, el mono estaba agarrado a lo que viene siendo el lomo derecho de Gorka. En aquel momento no sabíamos que aquel arañazo cambiaría el rumbo de nuestro viaje…
Yo me reí mucho viendo la cara de sorpresa de Gorka que escapaba con su BH de la escena y exclamaba una y otra vez ” jodeer! Puto mono!”
En las 4000 islas del sur de Laos pasamos unos días muy agradables, saltando de isla a isla como las ranas en el río. Estuvimos en Don Konhg, Kong y Don Det. Esta última es conocida como la capital de la hamaca. Esto qué significa? precios triplicados, muchos tulipanes como nosotros y oferta de alquiler de kayaks hasta en el baño. Ah! Y hamacas también había. Aquí estuvimos con una pareja de austriacos que tras un periplo en bici de 7 meses desde casa hasta Irán, habían vuelto a Austria y habían reiniciado el viaje con bicis plegables. Envidié sus pequeñas mochilas y versátiles bicis, cosa que más tarde provocó algún comentario tipo…” uuf, me parece que estos andan más poco en bici…jaja.
Volvimos a tocar aguas camboyanas. Fuimos en kayak por el laberíntico cauce de Mekong en la  frontera Laos-Camboya. Conocimos a Stefan, que desde hace dos años trabaja en Papua Nueva Guinea. Si queréis ir allí, hablar con el que os entrará tal acojono que os ahorrareis el viaje.
Y bueno, un día en las islas Gorka me miró a los ojos, me agarró de las manos manos y me dijo: “cariño quiero vacunarme.”
La posibilidad de que aquel mono de Champasak pudiera tener la rabia rondaba su cabeza. El seguro le dijo que en Laos no le daba cobertura por que los hospitales no alcanzaban los estándares y que si queríamos vacunas tendríamos que ir al Reino de Bumibol ( vaya nombre para un rey) , que a pesar de estar como un polvorín, nos atenderían muy gustosamente. Así que con la ilusión de comer pad tai y encontrar recambio para las bicis y algún mecánico de confianza, pusimos pedal rumbo a Tailandia. Para agilizar un poco la vuelta hicimos un par de veces dedo y fue un placer; esos pik- ups que tanto he criticado por su diseño tan exagerado, en tamaño y ostentosidad nos abrieron la puerta trasera y no tuvimos ni que quitar las alforjas; to parriba!
Así que rápidamente estábamos en Tailandia. De Ubon Ra a Amnat Charoen. De ahí a Mukhadam. Luego Tat Phanom y cuanto más al norte más nos adentrábamos en una Tailandia rural, simpática, muy fácil. El Noreste de Tailandia es una gran región compuesta por unas 30 provincias, llamada Isan. No es muy visitada por extranjeros, aunque cuenta con monumentos y templos budistas importantes para los tailandeses. Nos encantó.
Además, ha sido nuestro lugar de iniciación al peregrinaje más tradicional por aquí; dormir en los templos. En realidad, la primera vez fue en Vietnam, pero digamos que ni ellos ni nosotros estábamos preparados.
El número de templos en un pueblo puede superar al de seven elevens; eso significa que puede haber hasta tres en un pueblo de unos 7000 habitantes. Los monjes se encargan de custodiar el templo y practicar el Dharma y los lugareños,  concretamente las mujeres mayores, cuidan de ellos abasteciendo cada mañana a los novicios de platos cocinados por ellas, dulces y bebidas. Esta es la comilona del día para ellos, sobre las 8 de la mañana. Algunas veces, cuando los monjes acababan de comer, o desayunar mejor dicho, nos invitaban a unirnos a ellas y acabar con lo que éstos hubieran dejado. Otras veces al marchar, los monjes se despedían de nosotros entregándonos una bolsa llena de bollitos, zumos y cosas que pudiéramos llevarnos en bici. Mas contentos nos íbamos…
Un día en el norte de Isan, al atardecer, cuando ya las fuerzas flaqueaban y tocaba buscar templo para dormir, desde una moto que nos cruzamos por el camino nos empezaron a gritar ” falaaang, falaaang!!” ( así es como llaman por aquí a los extranjeros). Eran July y Marcel. Una pareja de alemanes que en menos de un minuto de conversación, nos estaban invitando a su granja a dormir.
Así es como conocimos Miracle Springs y sus peculiares habitantes. El nombre de secta, poco tenía que ver con lo que nos encontramos. Era un proyecto ideado por el sobrino del famoso escritor libanés Khalil Gibram. Gente voluntaria de todo el mundo colabora durante su estancia con lo que sabe o puede; hacer ladrillos, recoger mangos, leña, construir un horno o un baño o lo que fuera y mantiene viva la ilusión de una comuna experimental.
Allí pasamos tres inolvidables días, fiesta incluida. Mikel, un euskaldun que lleva más de tres años de paseo y que también estaba pasando allí unas semanas, nos hizo reír y bailar como nadie! Eskerrikasko Kalashnikov!
Desde Nong Kai, la ciudad prometida para muchos falangs de avanzada edad, volamos sobre el Mekong rumbo a Vientiane; Laos segunda parte.

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Un año de excedencia, dos corazones, muchas agujetas.

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