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En Kobe no hay vacas

19 Sep

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En Kobe no hay vacas, ni bueyes, ni ningún animal que eche su basura fuera de los espacios y momentos establecidos por la ley. En Kobe hay asfalto, coches, casas de click de famobil y Seven Elevens donde ojear el porno pixelado mientras cesa el chaparrón. Al menos en el Kobe que nos vio pasar en nuestro camino de Osaka a Hiroshima.

Japón nos recibió un 19 de julio lluvioso. Al salir del aeropuerto de Nagoya, nos encontramos con un planeta diferente al que habíamos habitado en los casi 10 meses anteriores. Buses limpios, puntuales, silenciosos, choferes con gorra de plato y guantes blancos; coches minúsculos, manejados por conductores que respetan las distancias de seguridad y para los que las vidas de los ciclistas parecen tener algún valor…

Y en el terreno público, frialdad, respeto absoluto del otro, hasta sentirte invisible. Normas de educación y urbanidad que, a base de repetirlas como autómatas, dejan de tener valor y sentido para este pueblerino. Verbigracia: si estás en un conbini esperando a que pase la lluvia y entras y sales en dos horas 40 veces, te saludarán cada vez. Como los sensores que encienden luces, pero con uniforme y sonrisa debajo de la mascarilla de cirujano.

Afortunadamente tampoco falta el calor de los anfitriones japoneses o expatriados, o los encuentros con amigos como Unai y Naia, junto a los que sobrevivinos el tifón en Kyoto, o el encuentro fortuito con Jorge y Mercedes en Hiroshima, ese barrio de Bilbao que los gringos destruyeron en unos segundos.

En Japón no solo no hemos evitado las montañas, sino que las hemos buscado. En ellas encontramos la conexión con la naturaleza, incluso la humana. Entre otros, nos han visto sudar los Alpes Japoneses, Koyasan, Yoshino y el Fuji (este último merece post). Cada vez que la ruta se empina se convierte en un camino de peregrinación. También aquí te puedes alojar en los templos, previo pago de entre 10000 y 13000 yenes por persona con media pensión vegeta (divide entre 100 y te salen los US$). Ni se te ocurra pedir para dormir en un huequito o poner la tienda en su precioso jardín. Para eso están los parques.

Los hoteles baratos cuestan alrededor de 8000 yenes la habitación doble y los parques tienen servicios impolutos, fuentes por doquier y buen césped (aquí la hierba está prohibida). Si pones al anochecer la tienda y la quitas con las primeras luces podrás ahorrar un pastizal. Es otra cosa buena de esta tierra, si no estás haciendo el gañan nadie va a molestarte ni a mandar a la policía. A diferencia de nuestro país, aquí dormir no es sancionable, al menos en la práctica. Además este será uno de los lugares más seguros del mundo. Hemos dejado tardes enteras las bicis aparcadas con las alforjas y al regresar, todo estaba en su sitio.

En nuestro caso los parques o las riberas de los ríos son la opción para dormir, combinada con casas de couchsurfers o warmshowers de vez en cuando. En nuestro Japón la hospitalidad espontanea es muy rara (un par de veces en casi dos meses), pero los anfitriones japoneses han sido siempre muy generosos, al igual que los expatriados. Tampoco han faltado los regalos en la carretera, el penúltimo una rueda vieja que sustituyera mi maltrecha llanta trasera. En realidad quiso cobrarnos, pero no soportó la “tensión” del regateo.

Después de casi diez meses siendo ricos económicamente, porque en tiempo seguimos siendo millonarios, en Japón somos pobres. Así lo hemos decidido, medimos las cosas con el rasero del SEA y eso nos hace permitirnos pocos lujos fuera de lo estrictamente necesario. Este es un ejercicio maravilloso y nos hace pensar que el decrecentismo que iniciamos hace casi un año debe continuar, aunque eso suponga alguna renuncia. Merece la pena.

En unos días volamos hacia el sur de España, si la lluvia nos da un respiro podremos escribir otro post sentados en la hierba de algún parque, mientras a lo lejos se oyen los gritos de los adolescentes jugando a beisbol, que es uno de los pocos momentos en los que está permitido gritar en este país.

Sumatra’s road movie

25 Jun

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Optamos por el Executive Bus, nos decían que por apenas 6 euros más, tendríamos más espacio, baño y aire acondicionado libre de humo. No empezó mal la cosa, solo una hora de retraso y solo uno de los dos asientos roto, para nuestra fortuna, fijo en modo reclinado.

Por delante teníamos más de 30 horas para llegar a Soralangun, ese pueblo de nombre vasco en el que aparcamos nuestras bicis en espera de tiempos mejores.

En estas 3 semanas hemos contemplado con dolor la contaminación de las playas urbanas de Sumatra, subido “cómodamente” puertos imposibles, nadado en lagos volcánicos, ascendido volcanes activos, contemplado orangutanes a pocos metros, sudado en las pegajosas pendientes de la selva, dormido en sus llanos y descendido ríos de montaña “que discurrían entre piedras como huevos de dinosaurio”, que diría Gabo.

Hemos pasado de la llamada del muecín al cuadro de la última cena en sus variantes más kitsch, para retornar de nuevo al verde de las musholas.

También hemos hecho el Phileas Fog, saltando de un transporte a otro para llegar a tiempo a extender nuestra visa indonesia un mes más.

Hemos vivido el lujo del mochilero, durmiendo a diario en hoteles, comiendo siempre en restaurantes, avanzando cientos de kilómetros en unas horas, sin estudiar las curvas de nivel en el mapa.

Pero no todo es fácil en el mundo backpacker cuando tu destino es Sumatra y tu mitad cicloturista te impide coger aviones, pues las bicis esperan demasiado lejos de cualquier aeropuerto. Nada de lo prometido respecto al bus era cierto, lo sé, ese es también el sino del mochilero. El baño existe, pero los baches y las doce personas sentadas en taburetes en el pasillo del autobús lo hacen impracticable, no se puede llegar.
La música atronadora a cualquier hora de la madrugada quiebra el fugaz sueño que tanto costo conciliar, la gente no fuma, en eso hemos ganado respecto a los otros buses que hemos cogido, pero el circuito del aire acondicionado escupe más CO2 que oxígeno dentro del habitáculo, además caliente.

Llevábamos semanas preguntándonos porqué esta isla de paisajes sobrecogedores, gentes amables y divertidas y precios más que razonables había caído en desgracia turística. Sorprendidos al ver muchísimos hoteles medio abandonados, panfletos ochenteros con cualquier tipo de actividad recreativa y lugares que sin duda vivieron tiempos mejores, a veces nos asomaba la duda….

Mientras veo a Arantxa tratar de leer con el libro saltando en sus manos, su brazo derecho soldado con sudor al mio, y mi otra mitad fundida con los habitantes del pasillo, que sabe dios a donde van con esos pájaros, a los que de tanto en tanto les deslizan en sus cajas de carton unas gotas de agua y unos gusanos, o algún grillo, para que no lancen su último pío en el Antar Lintas Sumatera.
Cuando descendemos por enésima vez para que Pepe Gotera y Otilio pongan otro parche a ese motor mercedes con más kilómetros que la estación espacial MIR, cuando la parada es para dar ánimos a otro bus quebrado, o para que suba otra familia con todos sus pertrechos, pues aun queda sitio en la escalera, al fin lo entiendo.

No es este un lugar de fácil digestión y es demasiado fácil y razonable ahorrarse este vía crucis si, como nosotros y nuestros compañeros y compañeras de fatigas, no estás obligado a ello.

En la época de los vuelos “low cost” (en el precio no cuentan la huella ecológica que imprimimos los viajeros), somos pocos los afortunados que podemos pasar una semana reptando para hacer lo que cuesta tres horas en un avión, los que tenemos más tiempo que dinero.

Somos pocos, en definitiva, los ricos.

Pd: El viaje duró 32 horas. Los pájaros murieron.

Majulah Singapura

29 May

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Malasia nos ha dejado un regusto extraño, hemos ciclado el país de norte a sur y de oeste a este, nos ha impregnado de jungla, corales, diversidad cultural y gastronómica, interesantes intercambios con personas de diferentes religiones y estratos económicos que nos han ofrecido su generosidad y amabilidad, así como de asfalto, deforestación, plantaciones de palma, desarrollo y una sensación de que en estos momentos las tres culturas (malayos, chinos e indios) cohabitan más que conviven.
Posiblemente son los chinos los que mejor hemos conocido, más abiertos a lo nuevo, representan la mayoría de la gente que nos ha acogido via CS o WS. Como pasa siempre que se viaja, a este que escribe se le han caído unos cuantos prejuicios. Curiosamente nuestros anfitriones tenían esos mismos prejuicios respecto a los “otros” chinos.

Supongo que su multitud de matices, asi como su similitud a occidente hace que sea un país que no engancha a primera vista, a diferencia del resto de países del sudeste asiático. Puede que a nuestros ojos, avidos de nuevas y fuertes experiencias, resulte un pais con poco caracter, como si la diversidad no fuera suficiente… Pero es que lo que nos mola es la mezcla y la fusion y de eso poco, salvo en lo gastronomico.
Porque la gastronomia que te encuentras en malasia merece un capitulo aparte. Puedes desayunar roti canai y samosas indias, comer en un bufet malay y cenar unos nudels al estilo hainanes. Eso realmente engancha a un tragaldabas como yo.

Y eso es lo que te vas a encontrar en Singapur. Mas caro, mas limpio, mas cool. Singapur es un parque tematico, un megacentrocomercial, un paraiso para los redactores de reglamentos, la tierra prometida para los ninos que siempre quisieron ser policias.

Tambien es una ciudad con un skyline impresionante, un transporte publico que funciona, calles limpias, un puerto apabullante y muchos expatriados trabajando para sus multinacionales.

Tuvimos la suerte de disfrutar de la hospitalidad de Margret, ciclista bregada que vive en un casoplon dentro de una urbanizacion de lujo. Alli pasamos unos dias entre tequilas (sobre todo yo) y banos en la piscina (sobre todo Arantxa), compartiendo casa y charletas con otras dos ciclistas inglesas, porque la generosidad con que Margret acoge ciclistas es total. Nos dio tiempo de conocer bien Singapur, pedaleando muchos km al dia para encontrar un manillar de mariposa… Nos fuimos sin el, no hay de todo en Singapur como nos decian.

Los dos ultimos dias en Singapur los pasamos acampando. A apenas 7 km del Marina Bay estan las playas del este, no eso es la Habana, esta el East Coast Park, uno de los varios lugares donde puedes acampar en Singapur. Por supuesto, previa solicitud del permiso correspondiente y abono de las tasas (1 S$, una miseria para este pais donde una cama en un dorm dificilmente baje de 15 o 20 S$).

Pero tiene truco, el permiso lo consigues en una maquina y esta te pide un documento singapurense, asi que sin el estas jodido, salvo que te vayas a las oficinas de los Parques Nacionales (en un pais tan pequeno los PN son parques, como el de tu pueblo, alguno un poco mas grande) y les cuentes la pena de Murcia. En unos dias te hacen el permiso a la vieja usanza, a lo humano. Si vas como nosotros, dos horas antes de poner la tienda, hacen un par de llamadas y te juran que nadie te va a poner los 2000 S$ de multa por acampar alli, pero no te dan un resguardo, tampoco te cobran el dolar. En estos meses hemos aprendido a fiarnos de la gente y ademas nos gusta el riesgo.

En el precioso East Coast Park hemos visto el otro Singapur, compartiendo espacio y conversacion con gente que vive en los margenes de esa sociedad opulenta y en apariencia perfecta. Parejas viviendo en tiendas a la espera de recibir una VPO; inmigrantes, estos no son expats, paseando para retrasar al maximo la llegada a su hogar, a menudo barracones en las propias obras en las que trabajan, mientras cuaja la idea de habilitar una isla para ellos, porque los necesitan pero no los quieren (a que me suena esto…); personas sin hogar durmiendo en bancos de la playa y usando los servicios y las duchas para asearse, cartoneros en bicicleta, chicas que no volvian a casa a dormir y esperaban a que amaneciera, con la mirada perdida en un horizonte repleto de barcos cargueros que iluminaban con sus tenues luces la esperanza de que, manana, un golpe de suerte le permitiera volverse loca en los centros comerciales de Orchid Road, como la gente decente.

Building Budas

3 Abr

image Atrás quedó Birmania, regalándonos piedras y polvo hasta el último metro.

De Dawei fuimos hasta Tee Keh (Tiki) cruzando una frontera que no venía en los mapas, ni siquiera en el Tai de 2014. No podemos asegurar cuantos km fueron, porque en ese país la elasticidad tiempo-espacio es continua, nunca nos dijeron 2 personas o 2 señales lo mismo, pasábamos de estar a 80 km a 50 y de ahí de nuevo a faltar 100 km para la frontera (además en millas). Lo que tenemos claro es que pedaleamos en dos días 110 km por un paisaje espectacular surcando una carretera sin asfaltar que en unos años será una autopista, no exenta del rechazo de las gentes que pueblan esas tierras, que conecte Kanchanaburi (donde el famoso puente sobre el río Kwai) con el futuro mega puerto de Dawei.

Tuvimos la fortuna de acampar junto al río tras la primera jornada, fue una gozada pegarnos un baño en aquellas aguas limpias y cálidas, donde los lugareños al atardecer colocan las redes que recogen a la mañana, siempre cargadas de peces y de vez en cuando con alguna tortuga enorme.

Hubiéramos pasado una semana cruzando aquella sucesión interminable de toboganes enmarcados por el río a la derecha y la montaña a la izquierda, pero la visa no perdona y debíamos dejar el país. image Nuestras piernas todavía daban de sí, pero la dureza del recorrido aumentaba, el río se despedía de nosotros y nos tocaba desmontar para superar algunas cuestas. En una de las más duras unos locales se apiadaron de nosotros y nos invitaron a ocupar la trasera del pick up. Era una oferta que no pudimos rechazar. Aun así tardamos dos horas en hacer los 50 km que nos separaban de la frontera.image Pasamos por controles del ejército y de los insurgentes Karen. A pesar de estar en conversaciones de paz, es frecuente el tránsito de personal armado de ambos bandos por esta zona. En una parada técnica se paró un vehículo a ofrecernos ayuda, aquellos simpáticos señores con subfusiles eran “terroristas” según el personal de la frontera.

Al entrar en Tailandia recuperamos el asfalto, el plato grande, los 20 km/h, la oferta comercial y gastronómica a precio razonable, pero sentimos que perdíamos muchas cosas: incertidumbre, aventura, autenticidad, curry, tanaka, betel, longyis, gente maravillosa y un contexto socio político cambiante que intenta desperezarse y sacudirse décadas de opresión.

Queremos volver, pero la cosa se nos complica, estos son los meses de más calor y en junio, con las lluvias, las carreteras estarán impracticables. Además Malasia esta cerca y seguro que tiene cosas que ofrecer.

Ya en Tailandia fuimos a pedir asilo a un templo donde pasamos dos días construyendo Budas. Era un especie de trabajo comunal, los donantes (una familia o grupo por cada uno de los 14 budas a construir) ponían el dinero y arrimaban el hombro junto con las gentes de los alrededores. De ésta manera acumulan mérito y se aseguran un buen Karma que les saque de la rueda de reencarnaciones. Ahí estuvimos, invitados de lujo, ocupando los lugares de privilegio (echando el cemento dentro del encofrado, poniéndole el manto al buda ya construido, siendo nombrados continuamente por el speaker que animaba el cotarro micro en mano: Aran, Gorka, are you happyyyyyy????? Yeeeeeesssssss!!!)

Nos pidieron que nos quedáramos hasta acabar el trabajo, tres días más. No era mal trato, pensión completa a cambio de una hora de trabajo al día, pero ya estábamos con un ojo en Koh Tao.

Montamos las burras y pusimos rumbo este, a Kanchanaburi, un poquito de río Kwai, cementerio de la II Guerra Mundial, nigth marketing y a la mañana siguiente etapa corta, 50 km para coger el tren de Panbong a Chumpon. De ahí el ferry a Koh Tao, desde donde escribimos estas letras.

Creo que un tercio de los tulis de esta isla son españoles, llevábamos 5 meses sin oír hablar castellano tan a menudo. Incluso tenemos cuadrilla, nuestra querida Katsi, con quien ya estuvimos en Chiang Mai y que en un par de dias regresa a casa,  Mónica que acaba sus meses viajeros en unas semanas, Omar y Barbara que acaban de comenzar su aventura… image Estaremos por aquí unos días  zanganeando y viendo pececitos antes de regresar al continente y poner rumbo al sur. Malasia, país musulmán. A mi el cuerpo me pide ya un poquito de cambio aunque creo que Arantxa, secretamente, sueña con hacer un quiebro en Ranong, entrar de nuevo en Burma y gritar a los cuatro vientos: ¡Mingalabaaaaaaaaa!

Triángulo de oro.

16 Mar

Entramos en Tailandia por tercera vez! No levantamos ninguna sospecha ante los funcionarios de fronteras. Espero que no acabe mal, pero cada día les hacemos menos caso; cuando nos dijeron que no podíamos pasar el IV Friendship Bridge Laos- Tailandia en bici, (con la ilusión que hace!) que teníamos que coger un bus que costaba muchos Baths, nuestra respuesta fue simplemente seguir pedaleando… Y cruzar el puente tranquilamente.
Llegamos a la famosa zona del triángulo de oro, donde Laos, Birmania y Tailandia se encuentran y comparten algunas tribus de montaña, como los Taiyuan, los Tailue, los Taiyai, los Lahu, los Ching, los Akha, los Karen, rutas de contrabando opio y drogas sintéticas elaboradas en Birmania, plantaciones de te y café y unas cordilleras impresionantes, que son las que mandan de verdad.
Como nuestro ritmo de viaje es más ligero que el de nuestro blog, estamos escribiendo el post desde Birmania. Lo malo de esto es que el recuerdo es más subjetivo todavía, pero lo bueno es que nos da más perspectiva;  entendemos ahora de dónde vienen y quiénes son los Karen y los Ching que conocimos, por ejemplo. Son minorías que cruzaron las montañas huyendo de la represión birmana y se han establecido en las provincias de Chiang Rai y Chiang Mai durante los últimos 40 años.
Nada tienen que ver éstos con los “jinetes de Yunnam”, otro grupo numeroso en el norte de tailandia que huían del régimen comunista chino. Ellos fueron los principales productores de opio de la zona, hasta que el gobierno y la Casa Real tomó cartas en el asunto.
Todo morbo sobre las clandestinas plantaciones de amapolas que tan veneradas han sido por los aficionados a la heroína, se desvaneció cuando vimos la cotidianidad del opio en las casas de los lugareños, fumando en familia con toda naturalidad.
Desde la fronteriza Chong Dong pedaleamos tres días pasando por la ciudad de Chiang Rai, hasta llegar a casa de nuestro anfitrión Sky. Una de esas noches, un monje que a sus escasos 24 años dirigía el templo budista del pueblo, nos dejó acampar en su jardín. Fue uno de esas casos en los que la relación empezó con un hostil “¿puedo ver vuestros pasaportes por favor?” y acabó con regalos y si no fuera por las normas de la casa, con abrazo. Dormimos junto a una estatua gigante de Ganesh, acostumbrándonos a la mezcla de cultos.
La casa de Sky fue como un pequeño laboratorio de experiencias. Este tardío pero gran aficionado al Couch Surfing, acostumbra a alojar a todo el que pasa, así que para cuando llegamos al anochecer ya había dos chinas, dos rusos, una americana, un tailandés y Sky mismo dispuestos a cenar variados platos internacionales.
El gran Sky tenía montado todo un hostal en su casa! El trato no hablado, es cama a cambio de cena; tu cocinas y él te presta su suelo. A la llegada todas las normas y sugerencias estaban redactadas para los visitantes. También había cámaras por toda la finca para evitar robos.
Vimos que la vida de un solitario gringo incluso en Tailandia, un país  aparentemente sencillo, puede ser dura. Sentíamos que buscaba arroparse entre tanto extranjero y mantener a su alrededor un calor caótico, regado de whisky tailandés al atardecer. A sus 50 años, tras vivir millones de aventuras por el mundo, se había enamorado; de una chica
Lahu de las montañas. Quiere casarse con ella, le deseamos mucha suerte.
Dejamos el caos atrás y bajamos hacia Chiang Mai al encuentro de mi querida Katsi. Está aprendiendo los secretos del masaje tailandés allí, doy fe. Como ella también se movía en bici, fue genial ir los tres de paseo por la ciudad.
De allí nos fuimos acercando a la frontera birmana, mirando con temor la larga cordillera a nuestra derecha que sabíamos que en algún momento debiamos cruzar.

Birmania, amor a primera vista

15 Mar

Fue duro llegar hasta aquí, la etapa de Tak a Mae Sot fue para mí la peor de los 4 meses. Trazado romperpiernas con alguna subida fuerte, bajadas cortas pero potentes (mi cuenta llegó a los 76,2 km/h), cansados ya de Tailandia y con cierta incertidumbre de lo que nos esperaba en Myanmar. Así le pusieron los generales que gobiernan con mano de hierro este increíble país desde hace más de 40 años.
Ahora parece que algo empieza a cambiar, pero se percibe su alargada sombra aunque el gobierno sea “civil”.
Desde hace unos meses los guiris pueden moverse libremente por casi todo el país, si obviamos los constantes check points en los que identifican a todo el que pase, turista o local. Se dan situaciones divertidas, cono el día que nos “escoltó” la policía durante más de 30 km (eso para nosotros son dos horas con paradas para hacer fotos, tomar algo, mear…) En teoría nos guiaban, aunque iban detrás y cada cierto tiempo se daban el relevo y veíamos una cara nueva cuando ojeábamos el retrovisor. Finalmente tras cruzar el rio Irawaddy e indicarnos el camino correcto (que no era el que nosotros queriamos coger, sino uno más largo y seguro que con mejor carretera) se despidieron de nosotros.
Al entrar el país nuestras caras se iluminaron, atrás quedaba la homogeneidad del sudeste asiático, aquí los hombres llevan falda y mastican betel, las mujeres se pintan la cara con una pasta blanca… Parecido a India en lo estético a Sri Lanka en lo devoto, al SEA en el paisaje… Pero distinto a todos, un lugar y unas gentes con una tremenda personalidad, y generosidad desbordante. Nunca nos han regalado tantas cosas en tan poco tiempo, y  nos han dado mucho y de todo desde octubre hasta ahora, pero aquí es diferente.
Diferente porque aquí si se hace realidad ser novedad como visitante. Lógicamente no en los lugares turísticos o permitidos hasta ahora, pero sí en algunas aldeas del estado Karen, con un diezmado ejército insurgente aún en sus montañas, o en los caminos de la costa del golfo de bengala, siempre en construcción, donde cuando la carretera aparece fugazmente no es más que una pura amalgama de polvo y piedras aliñadas racanamente con hilos de asfalto

Agur Mekong

5 Mar

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Regresamos de nuevo a Laos, dejamos Isan para cruzar el Friendship bridge n°1 camino de Vientiane. Este Laos de los arrabales de la capital se asemejaba mucho mas a Tailandia que el que nos recibio en el sur.

Vientiane no tenia demasiado que ofrecernos, nuestros ojos y latidos estaban puestos en las montanas que nos separaban de Luangprabang. Tras las visitas capitalinas de rigor, pusimos rumbo al norte y en dos dias arribamos a Vang Vieng. Esta es la meca Laosiana del mochilero. La esperabamos caotica y desfasada pero nada de eso. Logicamente estaba cuajada de tardoadolescentes, ellos en bermudas, ellas en chores, y albergaba un par de garitos turbios donde corria la Beerlao y toda clase de pocimas que no probamos, somos deportistas ;))

En general el ambiente era bastante relajado, si con Salou o los Benidores lo comparamos (siquiera a escala). Diria yo que incluso mas que en la plaza de Cascajares de la Bureba en aquellas fiestas de los 90 (quien estuvo alli lo podra confirmar).

En Vang Vieng pudimos disfrutar de una velada con Marcel y Juli, nuestros amigos alemanes de Freedom Farm, que ahora estaran cerca de Australia. Buen Viaje pareja!!!

Tambien disfrutamos las montanas de sus alrededores, sus cuevas y la curiosa blue lagoon. Si vais no dejeis de alquilar una bici para explorar los alrededores. Son realmente bellos, merece la pena. Se parece mucho a Vinales (Cuba). Podria ser una Bahia de Halong sin agua, surcada de caminos polvorientos.

Se estaba agusto en Vang Vieng, pero algo nos impedia quedarnos. Desde el principio de la aventura, cuando la carretera se empinaba, repetiamos como un mantra: esto no es nada, vas a ver cuando lleguemos a Laos… Y necesitabamos comprobarlo.

La carretera no decepciono. Pese a ser una de las principales del pais apenas soporta trafico, si excluimos a las docenas de caravanas de chinos motorizados que nos cruzabamos cada dia. Eran sus vacaciones de ano nuevo y alli estaban, en “expediciones” de 10 o 12 coches, debidamente ambientados (walki talki, pegatinas en el coche) y numerados. Era bastante complicado descender aquellos inmensos puertos con la certeza de que detras de cualquier curva iba a aparecer un Vilarino de ojos rasgados trazando la curva por el interior, como si la carretera fuera un circuito para su uso y disfrute.

A pesar de eso las cuatro etapas de Vang Vieng a Luangprabang fueron de lo mejor del viaje. La primera noche, tras una jornada de media montana dormimos en un pequeno y economico Resort en o alto de un puerto. Nos lo recomendo un cicloturista holandes (esta gente viene con bicis de 2000 € y libros de ruta, igualito que nosotros). Llegamos de noche bien cerrada, pudimos parar antes y poner la tienda o buscar algo pero no podiamos hacerlo hasta llegar a las Hot Springs!! El sitio era mas que sencillo, pero tenia una piscina natural de aguas termales donde reposamos nuestros maltrechos mecanismos tras dejar los bartulos en la cabana.

Al dia siguiente empezaba la fiesta de verdad. Varios puertos de entre 15 y 20 km que subir y bajar, paisajes preciosos, pueblos H’mong y Akkha jalonando la carretera y mucho sudor. Despacito, sabiendo que tras la subida venia la bajada.

Compartimos rodadas, mesa y mantel con Cis y Rachel (londinenses amantes de la bicicleta) y Andre, breton de 66 anos que desde que se jubilara se va un par de meses anualmente a ciclar por ahi. Una gozada contar batallitas y comentar la jugada en esa mezcla de acentos y afectos que unio la carretera.

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Finalmente llegamos a Luangprabang, la capital de los templos, la ciudad “dolorosamente bella” segun la loli. Volvimos a sentir el sindrome de Angkor, aquello estaba cuajado de gente comprando souvenirs (el chinese new year es lo que tiene) y nuestros pensamientos todavia estaban negociando aquella curva tan jodida del descenso, buscando mas pinones en la cuesta o tratando de entender la mezcla de indiferencia y hostilidad que nos recibia en cada pueblo H’mong de las montanas (vease el post “Cada 8 minutos”).

El culmen de Luangprabang es la procesion matutina en la que, al alba, cientos de monjes salen de las docenas de templos a recibir las ofrendas de las devotas. Esto es muy comun en todos los pueblos y templos de estos paises budistas, pero aqui se ha convertido en una atraccion turistica, una suerte de encierro sanferminero con alquiler de balcones incluido. Lamentable ver al guiri de turno, sacando fotos en los pitones del monje. Nosotros no nos levantamos.

Lamentamos decepcionaros, oh excelsos seguidores de nuestras turistadas!!, pero pasamos de participar en semejante espectaculo, por respeto a la ceremonia, a las personas que la consideran importante y a los propios monjes. Ademas, cada dia en los margenes de las carreteras vemos esa misma ceremonia a escala local y a menudo participamos de ella en los templos en los que nos cobijan (la mayoria de las veces siendo nosotros los agasajados).

En Luangprabang celebramos mi cumpleanos cenando con vino chileno y mantel de tela!! Lujo total, como un lujo fue la tarta sorpresa y el fantastico regalo de Arantxa (un masaje para los dos en el sitio mas cool de la ciudad). Tras la cena hasta quedamos con nuestras amigas Cis y Rachel para seguir la fiesta, genial!!

De Luangprabang nos fuimos por el Mekong, despues de 4 meses y acompanarle en Vietnam, Camboya, Tailandia y Laos nos tocaba despedirnos de el. Que mejor manera que navegarlo durante dos dias. Asi llegamos a Huayxai, tras la preceptiva escala en Pakbeng. Os recomendamos este trayecto, es barato (unos 24€ pax, 30€ con la bici), bonito y comodo. Hay que llevar comida y bebida para la singladura (en el barco venden pero es mas caro), comprar en el muelle los tikets (y evitar comisiones de las guest house o agencias) y preveer que en Pakbeng toca pagar casi el doble de lo que vale una habitacion (u os buscais la vida como hicimos nosotros para dormir gratis). En Pakbeng se siente la cercania del Golden Triangle, ambiente turbio, continuos ofrecimientos de opio y algunos guiris experimentando. Es una ratonera (o nos lo parecio al llegar al atardecer), pero una escala pintoresca.

En Huayxai gastamos nuestros ultimos kips, cenamos con los coleguitas del barco y volvimos a entrar en Tailandia. Otra vez nos pidieron dinero para sellar el pasaporte, esta vez incluso en Tailandia!!. Nosotras, que hemos mejorado la tecnica solo pusimos cara de tonto y dijimos nomoni, nomoni. Funciono. De nuevo en el reino de Bumibol felices como perdices.

Cicloturistadas

Un año de excedencia, dos corazones, muchas agujetas.

Paisajes Adolescentes

Un año de excedencia, dos corazones, muchas agujetas.