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El velero Bali.

9 Ago

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Como las cometas que surcan el cielo de Bali, todavía unidos con un hilillo a Indonesia despegamos hacia Japón. Es otro día de luto en la tierra y en el cielo por la muerte de un monton de personas que volaban de Amsterdam a Kuala Lumpur, a donde nos dirigimos hoy precisamente.
Indonesia, este grupo de islas que en su día quisieron agrupar bajo la misma bandera, son como barcos que navegan en el mismo mar sabiendo que cada cual tiene que aguantar su vela, nunca mejor dicho. Hace un mes más o menos llegamos a una de las más peculiares islas del país: Bali. A pesar de sufrir la mayor concentración de turistas del país con lo que ello puede suponer (tiendas hasta hartar, precios muy inflados y una oferta gastronómica de las que te hace olvidar dónde estás, western food a tope), Bali tiene un color especial. No olvidemos una cosa y es que la llegada a la isla fue bastante tortuosa. Dos de los días más peligrosos en estos 9 meses pedaleando. En Java ya intuíamos que los cientos de camiones y autobuses que nos adelantaban apresurados tenían nuestro mismo destino. Mas tarde los adelantamos nosotros en la cola del ferry y despúes ya en Bali volvimos a vernos las caras pero esta vez en un juego de vida o muerte a lo largo de la única y estrecha carretera que llega a Denpasar, la capital. Según nuestra experiencia andar en bici en Bali no es ni lo más seguro ni lo más divertido.
Creo que si no hubieramos quedado con mi hermana Marta allí, quizás hubieramos cambiado de rumbo al ver el percal inicial, así que gracias a la cita y alejándonos del tráfico y el olor a hamburguesa con patata frita, disfrutamos de esa cuidada y exquisita cultura que es la balinesa.

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Casi a diario tienen alguna celebración hinduista en alguno de los cientos de templos de la isla. Ellos acuden vestidos de blanco y con un vistoso pañuelo en la cabeza también blanco; ellas con vestidos de vivos colores caprichosamente combinados y camisas de encaje. A veces la ceremonia está ambientada con la orquesta típica de Indonesia llamada Gamelan, donde niños, jóvenes y mayores interpretan enigmáticas canciones con una especie de gongs, platillos, xilófonos, tambores y etc.
Suele haber un sacerdote dirigiendo el culto que a menudo consiste en complicados rituales en los que se hacen ofrendas a algún Dios. Tomando una cerveza en la puerta de un templo, un taxista nos contó que los sacerdotes son brahmanes, la casta superior que está incluso por encima de la casta de la realeza. Luego están la tercera, a la que él pertenecía y la cuarta casta, de los agricultores y gente más humilde. Bajo el aparente ambiente apacible y amable de sus gentes, hay una estricta estructura que lo ordena todo en Bali. Cada cuál sabe a qué casta y familia pertenece el otro y las sorpresas como casamientos inter-castas por ejemplo, son una perturbación del equilibrio terrenal que  no siempre acaba bien.

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Uno de los días en los que exploramos la isla, volvíamos hacia Ubud  en moto rememorando aquellos años de la ¨vespino¨ de mi hermana, cuando escuché esa música hipnótica de Gamelán. Yo no pude más que frenar y nos acercamos a la ceremonia sigilósamente. En las zonas rurales de Bali como Ubud puedes experimentar el peso de las tradiciones en el día a día; la preparación de ofrendas (con flores y hojas de platanero frescas), la colocación de las mismas en cada altar de la casa, en puertas e incluso en los sillines de nuestras bicis! las visitas a los templos, a los lugares significativos.

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Nada parece alterar su dedicación a los Dioses; ni el turismo, ni su pertenencia a un país de mayoría musulmana, ni el desarrollo. Todo lo contrario. Es como si las amenazas externas les hicieran más firmes y orgullosos de su patrimonio cultural. De hecho el taxista del que hablé antes, nos comentó que las nuevas generaciones son hinduistas más convencidos todavía que sus mayores.
Los días que pasamos en Ubud, pudimos conocer los frutos de la semilla que un día Soni plantó. Es un pintor-escultor indonesio que conocimos en Borobudur (Java), que promueve comunidades de creación e intercambio artísticas. Así conocimos Kaleidoscope o Ruma Idea (espacio de ideas). A mi la única idea que me vino a la cabeza al llegar fue ¨quien cojones va a limpiar ese baño??¨. Por qué en nombre del arte la gente hace lo que le da la real gana. En fin, mi hermana duró una noche y salío casi corriendo a un hotel cercano. Nosotros alguna más, porque además encontramos gente maja que pasaba por allí, pero creo que nuestro sistema inmunológico no daba más de si.

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Para la desintoxicacicón de ácaros decidimos ir a Gili Air. Un PARAÍSO. Una galleta María dorada sobre el mar de Bali; redonda, plana y dulce. Mi hermana volvió a nacer y nosotros seguimos rejuveneciéndo en esas playas de ensueño. Por el día, escasas palabras, horizontalidad y baños; por la noche, debates, cervezas y guitarras. El día 18 de julio, cada uno tomó su rumbo. Nosotros a Japón y Marta a Iruña. Yo me quedé tan contenta por los días compartidos… Gracias por veniiir!!!

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Con la basura en los talones

18 Jun

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Cómo me incomoda sentir mi propio horror interior al ver la vida cotidiana de algunas personas. Tener que disimular delante de la gente, como si algunas cosas me parecieran normales. Cuando viajo a países que no son como el mío, que dan importancia o preferencia a cosas que en tu lugar de origen no se les da y viceversa, hay momentos en los que mi aceptación de “lo otro” es mas difícil de lo que me gustaría. Y me doy cuenta de mi juicio tan duro como ignorante; sé que mi juicio resultaría insultante en voz alta, o incluso no lo entenderían, pero hay veces que solo busco un lugar de confort donde los olores, temperatura, limpieza y ritmo sean los que conozco, los que extraño. En lugar de eso encuentro algo que me encoge las tripas, que me pone alerta de nuevo.
Ayer buscábamos un poco solo de confort, de aire fresco en la costa oeste de esta señora isla. La playa a la que llegamos era larga y estrecha. En la orilla muchas palmeras y barquitos anclados en la bahía. Comparando con lo que vimos en Padang ciudad, esta playa estaba salpicada sólo de plásticos y objetos flotantes. Lo de la ciudad era directamente una masa de basura mecida por las olas. Terrible. (Que conste que sé que lo único que hacemos mejor en occidente es esconder o ignorar la contaminación que producimos).

Nos quedamos allí una noche en Carlos Losmen (homestay) y por la tarde paseamos esquivando botellas, latas, pañales, mientras los pescadores en filas, tiraban desde la orilla de las cuerdas de sus redes. Un sistema tradicional; una danza grupal. Durante una hora o más, se van relevado en las filas y con pequeños pasitos acompasados van acercando la red. Cuando la red alcanza la orilla, se despierta, sobre todo en nosotros, gran expectación. Queremos ver qué y cuánto pescan. Hay un grupo de patos desplumados alrededor comiendo no se sabe qué. Cuando abren la red en el suelo vemos el triste espectáculo: un montón de basura del mar junto con peces de todos los tamaños en sus últimos estertores. Hay peces enanos porque la red es muy tupida, aunque los pequeños, al menos, también se los comen en el Nasi Lemak. Hay un pez globo inflándose y desinflándose, agonizando. Un tío con muy buen inglés para Indonesia se nos acerca y nos pregunta lo típico, de donde sois, etc. Me dice que el pez globo no se come, es venenoso. Una familia entera murió por allí por comerlo. Tienen que desenredar la red primero pero yo insisto en que lo suelten. Se esta muriendo pero igual esta vez se libra. Un hombre lo lanza a la orilla y nos preguntan si estamos contentos. La verdad que si. Lo vemos alejarse a trompicones y yo pienso en si tendrá una familia de peces globo mar adentro que le espere y le cuide.

El hombre de antes vuelve a nuestra vera y como demostrando que sabe lo que pensamos habla de que es una pena lo sucio que esta todo y que hay unas islas cerca que son preciosas. Tiene ojos color miel y una nariz que me resulta familiar, nada típica en el país. Una cara un poco de ratoncillo. Al parecer le caemos bien y nos invita a unos “cuci-cuci” (txipirones al estilo indonesio). Nos sentamos en un txiringuito destartalado donde los pollos nos picotean los pies. Al poco nos sacan una sopa de nudles con trozos de calamar. Mientras comemos y media docena de lugareños nos observan complacidos fumando sus cigarros olor a clavo, nuestro anfitrión apoyado en la columna, fumándose el segundo paquete del día, decide saciar mi curiosidad y empieza a relatarnos su historia; su bisabuelo era un colono holandés. Una de sus hijas, su abuela, mitad holandesa mitad indonesia, fue una persona muy influyente en él país. Era abogada, había estudiado en Holanda. Es por ella que él había trabajado para la embajada indonesia y le conocían en muchos sitios. Y por ella tenía nariz de ratón y ojos color claros.

Su madre cuando era muy joven, estando en Barcelona, perdió a su novio en un accidente. Para superar aquello y olvidar, se vino a Indonesia y al tiempo se casó. Después nació él y le pusieron de nombre Carlos como el difunto exnovio. Pero, entonces “¿no serás tú Carlos el de nuestro hostal?”. “Claro” nos dijo él riendo a carcajadas y entonces comprendí su chulería y soltura entre los pescadores, su necesidad de vender que aquel era un buen lugar donde estar. Había viajado por todo el mundo decía, como representante del gobierno en asuntos de promoción turística del país. Pero allí, en esa sucia playa de la provincia de Padang se vivía bien, “la gente todavía tenía tiempo” repetía.

Me vio el médico en Padang, el “orthopedist” como llamaban ellos al especialista y me recomendó 6 semanas de reposo (por lo de las muñecas). Madre mía… seis semanas sin bicis! Bueno ya llevábamos una, aunque parecía un mes. La pérdida de autonomía y los traslados en bus de un sitio turístico a otro, ya no es lo que más nos gusta. Aprovecharemos para hacer conocer el norte de Sumatra que con bicis hubiera sido imposible ya que la isla tiene 2000km. de norte a sur.
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El lago Toba me hace recuperar el gusto de estar, de disfrutar de la naturaleza. De respirar hondo sin miedo a los tubos de escape. Es un lago creado en la boca de un volcán hace millones de años. Dentro del lago hay una isla, Samosir, y es allí donde nos quedamos. Me hace gracia que estemos en una isla dentro de otra isla. Nos bañamos en ese inmenso lago cada día a orillas de nuestro hostel, que parece más un homestay, pues compartimos los días con Kati e Iban, una alemana asentada con su novio batak que regentan este pequeño hostel. Los batak son una etnia muy particular. Eran feroces guerreros y no se dejaron conquistar nunca. Ni siquiera hacían caminos, para evitar que entrasen los enemigos en la zona. Vivieron aislados siempre hasta que llegaron los holandeses. Desde entonces, sorprendentemente, son cristianos y animistas (que ya eran de antes). De hecho, esta zona de Sumatra está plagada de iglesias.
Sin embargo, a pesar de la calma que se respira, incluso aquí hay amenazas para esta vulnerable urbanita. Cuando cae la noche y el silencio reina, las pequeñas criaturas roedoras salen a pasear por nuestra casa. Corretean a sus anchas, incluso entre nuestras cosas. Nunca dejar comida dentro de una casa batak! Las ratas no pararán hasta conseguir el botín.
Yo ya dormía con música cada noche, para no oírlas, aunque me iba convenciendo de que no pasa nada con estos animales semi domésticos. Además ellos estaban allí mucho antes de que nosotros llegáramos.
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No lleves bocata a la selva.

16 May

Las cosas en la selva no son como me las había imaginado. No se si hemos estado en la selva o en la jungla, no se la diferencia. Lo que sé es que cuando los kilómetros de geométricas plantaciones de palma por fin acaban, dejan paso a una vegetación riquísima, valiosa, de cientos de verdes diferentes, con árboles de todo tipo, algunos enormes! Por temor a magnificar le pregunto a Gorka y me confirma que sí, que 50 metros ya medirán. Yo no puedo parar de mirar esos árboles y esa jungla impenetrable mientras pedaleamos. Esa masa de copas esponjosas. Intento distinguir cuantos tipos diferentes de árboles habrá pero cuando me doy cuenta, ya he perdido la cuenta y vuelvo a estar emborrachara de verde.
También sueño a ratos con que veo alguno de los animales que viven en esos tupidos montes; monos, elefantes, rinocerontes, serpientes, gibones, langures, perezosos y hasta tigres hay. Si pudiera verlos… Aunque sea una vez… ¿Por qué se esconden tanto?? “A ver Arantxa bonita, no es que se escondan, pero es que pasan de los humanos y qué interés van a tener en venir a saludarte hasta la carretera en el km. 145 de Ipoh a TanahRata?”. Pero alguno veré, seguro que sí.

El plan de cruzar la península malaya por las Cameron Highlands hasta el Parque Nacional de Taman Negara y bajar hasta Singapur por la costa este fue un acierto. No por los destinos, sino por el trayecto. Las altas montañas de Cameron son como la frutería del país. Plagado de invernaderos y plantaciones de té, atrae a los pijos de Kuala Lumpur que hacen excursiones familiares o escapaditas románticas los fines de semana. Lo mejor es el fresco que hace, qué maravilla. Nuestros poros descansan, dejamos de sudar durante unos días.
En dos días subimos hasta allí, parando la primera noche en un poblado Orang Asli, los aborígenes de Malasia. Resulta que ya habían pasado unos cuantos ciclistas por allí y nos recibieron con toda la naturalidad del mundo. Acampamos frente a sus casas de madera llenas de petachos y nos duchamos con ellos; en mi caso frente a ellas. Las cuatro mujeres no perdían detalle mientras fumaban unos cigarros de hoja verde que las Orang fuman especialmente cuando trabajan (si anima para trabajar deberíamos importarlo).
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En la bajada de las Cameron aunque íbamos ligeros, contentos y cantando no estaba claro el destino de la noche. Ya a última hora vimos a un muchacho en moto con una bebida en vaso y pajita. Deducción: el próximo pueblo no puede estar lejos. Pues nunca sabremos de donde carajo sacó el vaso pero allí no había ni rastro de nadie. Una señora con una furgoneta llena de niños paró y de ofreció a llevarnos hasta el pueblo. Decía que no había nada en muchos kilómetros. ¿pero cómo vamos a caber ahí? Todo apuntaba a que nos tocaba acampar en la selva, en algún huequecillo que la selva nos pudiera prestar.   Encontamos una zona perfecta, incluso con una chabola,  aunque deshabitada. Allí pasamos una noche inolvidable. Al atardecer los cantos de pájaros, sonidos de monos, ranas, cigarras, grillos y otros ruidos de origen desconocido aumentaban a cada minuto. Ya de noche veíamos a las luciérnagas volando de aquí para allá. Cenamos y al poco rato nos metimos a la tienda, a resguardo de los mosquitos.
Yo estuve unos minutos intentando concentrarme en lo que estaba leyendo pero se me hacía imposible. Los animales e insectos se acercaban lentamente a nuestra pequeña tienda. Era un acorralamiento en toda regla. Las ranas estaban ya a centímetros de mi oreja; muchas ranas y cigarras con diversos saludos. Los pájaros emitían sonidos que parecían de broma; cantos como de bocina de coche antiguo o tonos agudos, melódicos y rápidos.
Dejé el libro y decidí disfrutar de aquel concierto que me encantaba pero me inquietaba a la vez. Los ojos como platos como intentando escuchar más, como si oyéamos por los ojos… Gorka después de un rato se durmió plácidamente y yo seguía imaginando lo que había ahí fuera. De repente algo pequeño y grácil saltaba sobre la tienda, al lado de mi cabeza. Aih aihhh…¿cómo iba a dormirme así? ¿sería una rana o una serpiente? Allí estuvo saltando hasta que me dormí. No había ni rugidos ni alaridos de ningún mamífero así que dentro del sarcófago estábamos a salvo.
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A la mañana siguiente ni rastro de nadie de los de anoche. En su lugar, amanecimos con una colmena de abejas alrededor. Los Orang tienen muchas por la selva por lo que es común ver abejas por la zona. Fueron buenas y nos dejaron desayunar y todo, con el pago único pago de dos picaduras.
Hasta Kuala Tembeling, lugar de donde sale el barco que llega al Taman Negara, hicimos otra noche más de camino en Kuala Lipis, donde nos iniciamos en el mundo de los templos hinduistas para dormir. Teníamos que diversificar. La primera vez resultó muy sencilla y agradable. La segunda es digna de un post aparte!

El trayecto en barco hasta el parque nacional más importante de Malasia es precioso. Además no se que tienen los barcos de río que relajan tanto.
El Taman Negara cubre 4343km. cuadrados de zona protegida y muy visitada. De hecho lo que más he visto han sido humanos y cigarras, seres a los que nunca ves pero se hacen notar.
En el parque hay travesías que abarcan una pequeña zona del total. Cada mañana, con espíritu de Sigourney Weaver en “Gorilas en la niebla”, nos adentramos entre esas cortinas de vegetación. Superamos el calor, los mosquitos y las sanguijuelas. Subimos a altos árboles y nos escondimos cerca de salegares pero solo vimos una ardilla, varios varanos y enormes escarabajos rinoceronte. Atención con estos coleópteros porque son los animales más fuertes del mundo! Pueden levantar 850 veces su peso; como si una persona de 80 kg. levantara 68.000 kg.
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Por lo demás, la jungla es un terreno complicado para la gente de monte. En ausencia de un objetivo como el de hacer cumbre ¿dónde te comes el bocata?. Y con esa maraña de la vegetación tropical, preciosa pero abrumadora, acababa las caminatas con un sabor agridulce. Cambiar de hábitat nunca fue fácil.
Y si además tienes que asumir que sólo veras animales salvajes en los documentales de la 2…

De nudels y samosas

16 Abr

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Creo que a Malasia hay que darle un tiempo. Teníamos el listón muy alto después de visitar Birmania. Yo venía cansada de cuatro días de autopista tailandesa aburridos, en los que solo me alivié un poco durante el último tai masagge en Hat Yai. Las masajistas, todas unas profesionales. Por cierto, nunca he visto a Gorka tan pequeño en manos de aquella mujer taaan inmensa! Bueno, gorda, como Montaña Fidji (apunte de Gorka). Con lo dulce que era y le metió una caña…
Hat Yai es la gran ciudad de compras de los malayos y malayas de la zona norte. Como pasan a Tailandia incluso de alterne, la frontera abre hasta las 22h. (hora malaya). El resto de fronteras que hemos atravesado suelen cerrar entre las 17 y las 18.
Nosotros también nos liamos comprando alguna cosilla que nunca sabes si en el próximo país vas a encontrar y para cuando íbamos a mover, como pasa a menudo, ya teníamos hambre, así que fuimos a comer. A ese ritmo, llegamos a la frontera como a las ocho de la tarde, pero no había ni colas ni funcionarios lentos, de manera que entramos a Malasia enseguida aunque ya muy de noche. Un chico nos dijo que el hotel más cercano estaba a 22km. Nos miramos y digimos ” uuf, ni de coña”. Pensamos avanzar algún kilómetro y buscar algún sitio discreto para acampar. Buena forma de estrenar país.
Cuando llevábamos unos 5 km. recorridos pensando ” Joee, vaya güevones, ya nos vale, llegar a un país nuevo de noche”, un tío en moto raro raro se puso a circular detrás de nosotros. Su objetivo era advertirnos de que aquella zona era muy peligrosa y acompañarnos hasta el próximo cruce. Decía que era policía. Yo con tal de no pararme  en medio de la nada para hablar con él, pedaleaba como una posesa. Al fin, al llegar a la zona habitada, en una salida, desapareció en la oscuridad sin decir nada, a lo llanero solitario.
Acampar dejó de ser una de las posibilidades y tras unos kilometros encontramos un hotel.
Esa fue la llegada a Malasia, no muy cálida.
Por suerte en nuestro próximo destino dimos con uno de esos malayos de pura cepa de los que no abundan por esta zona.
Zhuleiman tiene con su padre una tienda de bicis en Alo Setar, una ciudad grande y elegante con un buen hospital privado donde nos diagnosticaron, a Gorka otitis y a mi una muela en situación crítica (ambas infecciones todavía en curso).
Zhul hablaba con desconfianza de los chinos, sobre todo de los que conoce en su sector. Nos decía que no les importa nada vender falsificaciones a precio de “auténtico”. También nos llamó la atención oír de nuevo que era peligroso viajar en Malasia. Eso sí, los malos son los de fuera; los indonesios, los tais, etc. Mas personas después nos han preguntado si no nos había pasado nada y nos decían que tuviéramos cuidado. Nos da qué pensar; o los medios de comunicación en Malasia difunden miedo entre la población, hablándoles de amenazas callejeras exageradas, o en otros países no nos advertían porque no sabían suficiente inglés como para hacerlo.
Dormimos un par de días en su tienda de bicis donde él lleva un par de años viviendo. Han pasado muchos viajeros por allí. Mediante Warm Showers, él acoge a ciclistas porque le gusta conocer gente extranjera y si de paso les puede hacer algún arreglo o venta, pues mejor que mejor. Nos cedió su única cama, perdón, me cedió, porque era individual…jeje. y nos ayudó en todo. Información cicloturista, poca nos dio porque le gustaba la bici, pero no tanto andar.
 
Después de esta paradita, estuvimos 4 días  en Penang con una curiosa familia de origen chino pero más occidental que yo! Hablaban inglés entre ellos,  bebían capuccino y veían series americanas. Ah! Y bendecían la mesa antes de comer, porque los niños van a un cole cristiano de aprendizaje libre, que no entendí muy bien en qué consistía.

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Sherilyn y Sam son la tercera generación de chinos viviendo en Malasia. Nos contaron que como les habían enseñado en casa, hasta hace unos años no hacían más que trabajar y trabajar para ganar mucho dinero y subir un poco más en el escalafón, pero que hace 5 años habían decidido cambiar las prioridades. Ahora curran menos, viajan más y más barato y les gusta recibir en casa a gente viajera. Así conocen mundo también desde su acogedora casa-tienda de Penang. Esta pequeña isla cuenta con una ciudad, Georgetown, cuyo centro es Patrimonio de la Humanidad por su riqueza arquitectónica, especialmente las casas-tienda, que dan una idea de los cambios sociales y económicos que vivió la ciudad  la época colonial, entre los siglos XIX. y XX.
También tuvimos la oportunidad de ciclar con la familia, cosa que nos  encantó. Nuevas sensaciones!

La verdad que pillar la esencia a este país es una tarea constante. En un mismo día hemos estado por la mañana en una fiesta multitudinaria de año nuevo Sij (los indios reconocibles por sus turbantes) a la que un señor majísimo nos ha invitado espontáneamente y por la tarde/noche, en una  iglesia cristiana, cuyo salón de actos se convierte entre semana en un club de badminton de cuatro pistas súper solicitado. El club es frecuentado por indios y chinos y chinas locos por el badminton, mientras que el fin de semana lo alquilan para celebrar bodas de cualquier credo.
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Allí hemos pasado la noche y hemos podido charlar con montón de gente variadísima. Los malayos-indios que estaban jugando me han explicado en un perfecto inglés que ellos han nacido aquí. Fueron sus abuelos y abuelas quienes vinieron a Malasia a trabajar en la construcción de infraestructuras (ferrocarriles y carreteras). El imperio Británico fomentaba la llegada de trabajadores y trabajadoras de origen indio y chino y muchos se quedaron.
También me han contado que con sus hijos e hijas suelen hablar en inglés. Estamos viendo que los grupos de origen chino e indio no valoran mucho la lengua malaya. Prefieren que sus hijos e hijas dominen el english.
Otro dato que nos ha dado el cura de la iglesia (que era de origen chino), es que muchos de los indios de esa región son cristianos.
Bueno, y creo que por hoy ya hemos tenido suficientes combinaciones de etnias, países de origen, lenguas y religiones. Cuando nos aclaremos un poco más, os contamos.
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Del uno al cinco.

31 Mar

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28 días de permiso improrrogable, sin mapa, sin ruta, con solo cuatro meses de fronteras terrestres abiertas ante nosotros y con tantas incógnitas que nos quemaban los pedales.

Incógnita número uno: ¿nos acogerían los monjes en su morada? Se metieron hasta el fondo en las revueltas de 1988, en las que la sociedad entera mostró en las calles de todo el país que no aguantaba más; rechazaban ese incompetente y torpe partido único, ese control de opinión que resulta ofensivo para todo se humano, esa incontrolable inflación… Se montó una muy gorda.
Como consecuencias tardías de aquello, pensábamos que los monjes estarían controlados de cerca y por tanto no querrían meterse en líos de alojar a extra-terrestres. Pues bien; el 23 de febrero, día en el que entramos al país, en un templo cercano a la frontera de Mae Sot (Tailandia), hasta la cocina nos metieron!

Incógnita número dos: al haber abierto las fronteras terrestres hace cuatro meses o así, creíamos  que les pillariamos demasiado verdes en cuanto a permisos y libre tránsito de curiosos y que nos pondrían problemas a la hora de pedalear por zonas en las que no había alojamientos para extranjeros a 200 kms. a la redonda. En cambio ha habido muchas menos preguntas de las que esperábamos, trato correcto con los militares de los numerosisimos check- points que hay en la carretera (sin necesidad de sobornos), posibilidad de acampar sin que nadie se chive.
En en una ocasión en la que un peculiar bibliotecario medio estafador nos invitó a dormir en su casa para luego presionarnos para ser donadores honoríficos de su biblioteca, hubo que dar el aviso en la oficina del gobierno.
Este protocolo era obligatorio en las décadas de la dictadura. Cualquier persona que durmiera fuera de su casa ( casa de amigos o familiares), debía comunicarlo en su pueblo de origen y en el de destino. Las fuerzas del orden podían cerciorarse de que se hacía correctamente, entrando en las casas a cualquier hora de la noche.

Incógnita número tres: con el calor de marzo nos derretiríamos en la carretera junto con nuestras cubiertas. Marzo y abril son los meses más calurosos en Birmania.  Es mejor no saber cuántos grados hace.
Lo mejor, imitar a los locales. Taparse lo más posible y sobre todo cambiar los horarios. Durante este tiempo despertarnos a las 5.30 o 6 ha llegado a ser normalidad. Adelantarnos al sol y aprovechar las horas en las que se apiada de animales más débiles del planeta, nos ha hecho entender mejor la forma de vida y ritmos del país.

Incógnita número cuatro: en 28 días, con esas carreteras y el tamaño del país, no nos iba a dar tiempo a pedalear a todos los lugares que queríamos.
Es imposible ir rápido en Birmania, ni si quiera cuesta abajo! Cuando por fin te has ganado una buena bajada, tienes que ir frenando por que si no las alforjas van a salir volando. Además, al no tener un buen mapa, estábamos en manos de las muy vagas orientaciones de la gente, que tan pronto decían que faltaban 40 millas, como 80. No hay carteles, la gente no tiene coche y tampoco se mueven de aquí para allá como nosotros, así que, aunque nos costó unos días, entendimos por fin que no saben mucho de distancias.
Lo que sí saben es valorar la capacidad de dos cicloturistas ingenuos en medio de zonas montañosas deshabitadas. En las dos ocasiones que cruzamos el macizo que va paralelo
al mar, desde el este de  Gwa hasta el oeste de Teekeh, acabaron acercándonos algún tramo en sus remolques. No querían ser cómplices de un suicidio extranjero en su propia tierra.
Las zonas más sencillas para pedalear fueron antes y después de Yangon. Pequeñas ciudades muy bulliciosas  como Pah An que nos recordaban tanto a India, pueblos humildes pero con preciosas casas de oscura madera de teca antigua. Y  también poblados de chabolas de bambú, muy pobres, sin luz eléctrica ni agua, viviendo con tan poco. Niños sin acceso al colegio y madres y padres con mínimas posibilidades de cambiar la situación, viviendo al día. A veces se hacía descorazonador.
Yangon me gustó mucho; una ciudad enérgica, de habitantes muy heterogéneos. Nos movimos en bici generando más adrenalina que en paraparacaídas. En cuestión de tráfico es la ciudad más peligrosa que hemos visitado. Nuestra querida Uta nos contó que hasta hace dos años no había apenas coches en la ciudad, así que hay miles de personas con “L” al mismo tiempo y eso se nota.
Conocimos a Uta a través de “warm showers”, una página donde ciclistas se ofrecen a alojar a ciclistas viajeros. Ella es “berlinesa” y lleva 13 años en Yangon, trabajando para una empresa alemana. Como la mayoría de expatriados vive en el Lago Inye, una zona residencial preciosa. Había que ver nuestra cara de felicidad cuando llegamos a su urbanización de lujo, con piscina, pistas de tenis, etc.  Vivan los contrastes. Aceptó a sus invitados harapientos sin miramientos y se portó súper  bien con nosotros.

La zona de costa del país es bastante inhóspita. Salvo  Pathein y Ngapali, el resto no está turísticamente explotado. Son cientos de kilometros de playas con algunos pueblos de pescadores a lo largo de una carretera-camino que va unos metros hacia el interior para protegerse de los temporales. Oliendo a pescado secándose al sol ( que utilizan luego para hacer una salsa endemoniada) y con el recuerdo del sabor de los calamares que los pescadores nos regalaron en Kanthaya, pedaleamos hacia Ngapali Beach.

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En Tandwe, el campamento base para ir a Ngapali, tuvimos la gran suerte de  en encontrarnos con el gerente de un eco- resort de allí que estaba dando una vuelta en bici. A Johan le sorprendió y alegró tanto vernos, que nos invitó a pasar unos días gratis acampados en su resort. Esta claro, la bici mueve corazones.

En la parte final del mes, teníamos que plegar bicis si queríamos ver Bagan. Teniendo en cuenta que el norte del país sí que permanece cerrado a los turistas, Bagan puede considerarse zona norte aunque viéndolo en el mapa no lo sea. Fue un auténtico peregrinaje, tanto ir como volver de allí, pero supongo que en eso consiste también, tratándose de uno de los lugares históricos más sagrados del sudeste asiático. Fue la capital del reino de Pagan entre los siglos IX. y XIII., etapa en la que se dio la transición del Budismo Mahayana al Theravada, que es el que hoy en día se practica. Como no hay mayor ilusión que la del poder del ladrillo, los sucesivos reyes del reino se afanaron en construir hasta 10.000 templos en la zona. Lo que queda ahora es un gran cementerio de unos 3000 templos y estupas preciosas, rodeados de vegetación y campos de cultivo atravesados por caminos y senderos por los que nos perdimos encantados unos cuantos días.

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Después de Bagan teníamos un gran reto por delante: llegar al sur del país antes de que el visado acabara y entrar a Tailandia por Kanchanaburi.

Incógnita número cinco: ¿cuántos años puede mascar alguien betel antes de que se le caigan todos los dientes? Que ayuda a pensar, que te concentras mejor, que te mantiene despierto… ¿Cuál es el secreto de los “boca llena”? Así bautizamos a los hombres y mujeres que desde que amanece hasta que cae el sol, mastican unos trozos de nuez moscada, condimentados con hierbas aromáticas y una piedra molida , envueltos en una hoja verde fresca ( que le da nombre a la receta). El betel es barato pero el precio de mascarlo, muy alto. Por mucho que te despeje o te despegue, joé, seguirá siendo un misterio para nosotros por qué comerlo hasta que se te caigan los dientes.

Por ésta y otras incógnitas, nos gustaría tanto volver a Birmania… Es tan auténtica y misteriosa todavía…

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