Archivo | septiembre, 2014

En Kobe no hay vacas

19 Sep

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En Kobe no hay vacas, ni bueyes, ni ningún animal que eche su basura fuera de los espacios y momentos establecidos por la ley. En Kobe hay asfalto, coches, casas de click de famobil y Seven Elevens donde ojear el porno pixelado mientras cesa el chaparrón. Al menos en el Kobe que nos vio pasar en nuestro camino de Osaka a Hiroshima.

Japón nos recibió un 19 de julio lluvioso. Al salir del aeropuerto de Nagoya, nos encontramos con un planeta diferente al que habíamos habitado en los casi 10 meses anteriores. Buses limpios, puntuales, silenciosos, choferes con gorra de plato y guantes blancos; coches minúsculos, manejados por conductores que respetan las distancias de seguridad y para los que las vidas de los ciclistas parecen tener algún valor…

Y en el terreno público, frialdad, respeto absoluto del otro, hasta sentirte invisible. Normas de educación y urbanidad que, a base de repetirlas como autómatas, dejan de tener valor y sentido para este pueblerino. Verbigracia: si estás en un conbini esperando a que pase la lluvia y entras y sales en dos horas 40 veces, te saludarán cada vez. Como los sensores que encienden luces, pero con uniforme y sonrisa debajo de la mascarilla de cirujano.

Afortunadamente tampoco falta el calor de los anfitriones japoneses o expatriados, o los encuentros con amigos como Unai y Naia, junto a los que sobrevivinos el tifón en Kyoto, o el encuentro fortuito con Jorge y Mercedes en Hiroshima, ese barrio de Bilbao que los gringos destruyeron en unos segundos.

En Japón no solo no hemos evitado las montañas, sino que las hemos buscado. En ellas encontramos la conexión con la naturaleza, incluso la humana. Entre otros, nos han visto sudar los Alpes Japoneses, Koyasan, Yoshino y el Fuji (este último merece post). Cada vez que la ruta se empina se convierte en un camino de peregrinación. También aquí te puedes alojar en los templos, previo pago de entre 10000 y 13000 yenes por persona con media pensión vegeta (divide entre 100 y te salen los US$). Ni se te ocurra pedir para dormir en un huequito o poner la tienda en su precioso jardín. Para eso están los parques.

Los hoteles baratos cuestan alrededor de 8000 yenes la habitación doble y los parques tienen servicios impolutos, fuentes por doquier y buen césped (aquí la hierba está prohibida). Si pones al anochecer la tienda y la quitas con las primeras luces podrás ahorrar un pastizal. Es otra cosa buena de esta tierra, si no estás haciendo el gañan nadie va a molestarte ni a mandar a la policía. A diferencia de nuestro país, aquí dormir no es sancionable, al menos en la práctica. Además este será uno de los lugares más seguros del mundo. Hemos dejado tardes enteras las bicis aparcadas con las alforjas y al regresar, todo estaba en su sitio.

En nuestro caso los parques o las riberas de los ríos son la opción para dormir, combinada con casas de couchsurfers o warmshowers de vez en cuando. En nuestro Japón la hospitalidad espontanea es muy rara (un par de veces en casi dos meses), pero los anfitriones japoneses han sido siempre muy generosos, al igual que los expatriados. Tampoco han faltado los regalos en la carretera, el penúltimo una rueda vieja que sustituyera mi maltrecha llanta trasera. En realidad quiso cobrarnos, pero no soportó la “tensión” del regateo.

Después de casi diez meses siendo ricos económicamente, porque en tiempo seguimos siendo millonarios, en Japón somos pobres. Así lo hemos decidido, medimos las cosas con el rasero del SEA y eso nos hace permitirnos pocos lujos fuera de lo estrictamente necesario. Este es un ejercicio maravilloso y nos hace pensar que el decrecentismo que iniciamos hace casi un año debe continuar, aunque eso suponga alguna renuncia. Merece la pena.

En unos días volamos hacia el sur de España, si la lluvia nos da un respiro podremos escribir otro post sentados en la hierba de algún parque, mientras a lo lejos se oyen los gritos de los adolescentes jugando a beisbol, que es uno de los pocos momentos en los que está permitido gritar en este país.

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