Archivo | marzo, 2014

Del uno al cinco.

31 Mar

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28 días de permiso improrrogable, sin mapa, sin ruta, con solo cuatro meses de fronteras terrestres abiertas ante nosotros y con tantas incógnitas que nos quemaban los pedales.

Incógnita número uno: ¿nos acogerían los monjes en su morada? Se metieron hasta el fondo en las revueltas de 1988, en las que la sociedad entera mostró en las calles de todo el país que no aguantaba más; rechazaban ese incompetente y torpe partido único, ese control de opinión que resulta ofensivo para todo se humano, esa incontrolable inflación… Se montó una muy gorda.
Como consecuencias tardías de aquello, pensábamos que los monjes estarían controlados de cerca y por tanto no querrían meterse en líos de alojar a extra-terrestres. Pues bien; el 23 de febrero, día en el que entramos al país, en un templo cercano a la frontera de Mae Sot (Tailandia), hasta la cocina nos metieron!

Incógnita número dos: al haber abierto las fronteras terrestres hace cuatro meses o así, creíamos  que les pillariamos demasiado verdes en cuanto a permisos y libre tránsito de curiosos y que nos pondrían problemas a la hora de pedalear por zonas en las que no había alojamientos para extranjeros a 200 kms. a la redonda. En cambio ha habido muchas menos preguntas de las que esperábamos, trato correcto con los militares de los numerosisimos check- points que hay en la carretera (sin necesidad de sobornos), posibilidad de acampar sin que nadie se chive.
En en una ocasión en la que un peculiar bibliotecario medio estafador nos invitó a dormir en su casa para luego presionarnos para ser donadores honoríficos de su biblioteca, hubo que dar el aviso en la oficina del gobierno.
Este protocolo era obligatorio en las décadas de la dictadura. Cualquier persona que durmiera fuera de su casa ( casa de amigos o familiares), debía comunicarlo en su pueblo de origen y en el de destino. Las fuerzas del orden podían cerciorarse de que se hacía correctamente, entrando en las casas a cualquier hora de la noche.

Incógnita número tres: con el calor de marzo nos derretiríamos en la carretera junto con nuestras cubiertas. Marzo y abril son los meses más calurosos en Birmania.  Es mejor no saber cuántos grados hace.
Lo mejor, imitar a los locales. Taparse lo más posible y sobre todo cambiar los horarios. Durante este tiempo despertarnos a las 5.30 o 6 ha llegado a ser normalidad. Adelantarnos al sol y aprovechar las horas en las que se apiada de animales más débiles del planeta, nos ha hecho entender mejor la forma de vida y ritmos del país.

Incógnita número cuatro: en 28 días, con esas carreteras y el tamaño del país, no nos iba a dar tiempo a pedalear a todos los lugares que queríamos.
Es imposible ir rápido en Birmania, ni si quiera cuesta abajo! Cuando por fin te has ganado una buena bajada, tienes que ir frenando por que si no las alforjas van a salir volando. Además, al no tener un buen mapa, estábamos en manos de las muy vagas orientaciones de la gente, que tan pronto decían que faltaban 40 millas, como 80. No hay carteles, la gente no tiene coche y tampoco se mueven de aquí para allá como nosotros, así que, aunque nos costó unos días, entendimos por fin que no saben mucho de distancias.
Lo que sí saben es valorar la capacidad de dos cicloturistas ingenuos en medio de zonas montañosas deshabitadas. En las dos ocasiones que cruzamos el macizo que va paralelo
al mar, desde el este de  Gwa hasta el oeste de Teekeh, acabaron acercándonos algún tramo en sus remolques. No querían ser cómplices de un suicidio extranjero en su propia tierra.
Las zonas más sencillas para pedalear fueron antes y después de Yangon. Pequeñas ciudades muy bulliciosas  como Pah An que nos recordaban tanto a India, pueblos humildes pero con preciosas casas de oscura madera de teca antigua. Y  también poblados de chabolas de bambú, muy pobres, sin luz eléctrica ni agua, viviendo con tan poco. Niños sin acceso al colegio y madres y padres con mínimas posibilidades de cambiar la situación, viviendo al día. A veces se hacía descorazonador.
Yangon me gustó mucho; una ciudad enérgica, de habitantes muy heterogéneos. Nos movimos en bici generando más adrenalina que en paraparacaídas. En cuestión de tráfico es la ciudad más peligrosa que hemos visitado. Nuestra querida Uta nos contó que hasta hace dos años no había apenas coches en la ciudad, así que hay miles de personas con “L” al mismo tiempo y eso se nota.
Conocimos a Uta a través de “warm showers”, una página donde ciclistas se ofrecen a alojar a ciclistas viajeros. Ella es “berlinesa” y lleva 13 años en Yangon, trabajando para una empresa alemana. Como la mayoría de expatriados vive en el Lago Inye, una zona residencial preciosa. Había que ver nuestra cara de felicidad cuando llegamos a su urbanización de lujo, con piscina, pistas de tenis, etc.  Vivan los contrastes. Aceptó a sus invitados harapientos sin miramientos y se portó súper  bien con nosotros.

La zona de costa del país es bastante inhóspita. Salvo  Pathein y Ngapali, el resto no está turísticamente explotado. Son cientos de kilometros de playas con algunos pueblos de pescadores a lo largo de una carretera-camino que va unos metros hacia el interior para protegerse de los temporales. Oliendo a pescado secándose al sol ( que utilizan luego para hacer una salsa endemoniada) y con el recuerdo del sabor de los calamares que los pescadores nos regalaron en Kanthaya, pedaleamos hacia Ngapali Beach.

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En Tandwe, el campamento base para ir a Ngapali, tuvimos la gran suerte de  en encontrarnos con el gerente de un eco- resort de allí que estaba dando una vuelta en bici. A Johan le sorprendió y alegró tanto vernos, que nos invitó a pasar unos días gratis acampados en su resort. Esta claro, la bici mueve corazones.

En la parte final del mes, teníamos que plegar bicis si queríamos ver Bagan. Teniendo en cuenta que el norte del país sí que permanece cerrado a los turistas, Bagan puede considerarse zona norte aunque viéndolo en el mapa no lo sea. Fue un auténtico peregrinaje, tanto ir como volver de allí, pero supongo que en eso consiste también, tratándose de uno de los lugares históricos más sagrados del sudeste asiático. Fue la capital del reino de Pagan entre los siglos IX. y XIII., etapa en la que se dio la transición del Budismo Mahayana al Theravada, que es el que hoy en día se practica. Como no hay mayor ilusión que la del poder del ladrillo, los sucesivos reyes del reino se afanaron en construir hasta 10.000 templos en la zona. Lo que queda ahora es un gran cementerio de unos 3000 templos y estupas preciosas, rodeados de vegetación y campos de cultivo atravesados por caminos y senderos por los que nos perdimos encantados unos cuantos días.

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Después de Bagan teníamos un gran reto por delante: llegar al sur del país antes de que el visado acabara y entrar a Tailandia por Kanchanaburi.

Incógnita número cinco: ¿cuántos años puede mascar alguien betel antes de que se le caigan todos los dientes? Que ayuda a pensar, que te concentras mejor, que te mantiene despierto… ¿Cuál es el secreto de los “boca llena”? Así bautizamos a los hombres y mujeres que desde que amanece hasta que cae el sol, mastican unos trozos de nuez moscada, condimentados con hierbas aromáticas y una piedra molida , envueltos en una hoja verde fresca ( que le da nombre a la receta). El betel es barato pero el precio de mascarlo, muy alto. Por mucho que te despeje o te despegue, joé, seguirá siendo un misterio para nosotros por qué comerlo hasta que se te caigan los dientes.

Por ésta y otras incógnitas, nos gustaría tanto volver a Birmania… Es tan auténtica y misteriosa todavía…

Triángulo de oro.

16 Mar

Entramos en Tailandia por tercera vez! No levantamos ninguna sospecha ante los funcionarios de fronteras. Espero que no acabe mal, pero cada día les hacemos menos caso; cuando nos dijeron que no podíamos pasar el IV Friendship Bridge Laos- Tailandia en bici, (con la ilusión que hace!) que teníamos que coger un bus que costaba muchos Baths, nuestra respuesta fue simplemente seguir pedaleando… Y cruzar el puente tranquilamente.
Llegamos a la famosa zona del triángulo de oro, donde Laos, Birmania y Tailandia se encuentran y comparten algunas tribus de montaña, como los Taiyuan, los Tailue, los Taiyai, los Lahu, los Ching, los Akha, los Karen, rutas de contrabando opio y drogas sintéticas elaboradas en Birmania, plantaciones de te y café y unas cordilleras impresionantes, que son las que mandan de verdad.
Como nuestro ritmo de viaje es más ligero que el de nuestro blog, estamos escribiendo el post desde Birmania. Lo malo de esto es que el recuerdo es más subjetivo todavía, pero lo bueno es que nos da más perspectiva;  entendemos ahora de dónde vienen y quiénes son los Karen y los Ching que conocimos, por ejemplo. Son minorías que cruzaron las montañas huyendo de la represión birmana y se han establecido en las provincias de Chiang Rai y Chiang Mai durante los últimos 40 años.
Nada tienen que ver éstos con los “jinetes de Yunnam”, otro grupo numeroso en el norte de tailandia que huían del régimen comunista chino. Ellos fueron los principales productores de opio de la zona, hasta que el gobierno y la Casa Real tomó cartas en el asunto.
Todo morbo sobre las clandestinas plantaciones de amapolas que tan veneradas han sido por los aficionados a la heroína, se desvaneció cuando vimos la cotidianidad del opio en las casas de los lugareños, fumando en familia con toda naturalidad.
Desde la fronteriza Chong Dong pedaleamos tres días pasando por la ciudad de Chiang Rai, hasta llegar a casa de nuestro anfitrión Sky. Una de esas noches, un monje que a sus escasos 24 años dirigía el templo budista del pueblo, nos dejó acampar en su jardín. Fue uno de esas casos en los que la relación empezó con un hostil “¿puedo ver vuestros pasaportes por favor?” y acabó con regalos y si no fuera por las normas de la casa, con abrazo. Dormimos junto a una estatua gigante de Ganesh, acostumbrándonos a la mezcla de cultos.
La casa de Sky fue como un pequeño laboratorio de experiencias. Este tardío pero gran aficionado al Couch Surfing, acostumbra a alojar a todo el que pasa, así que para cuando llegamos al anochecer ya había dos chinas, dos rusos, una americana, un tailandés y Sky mismo dispuestos a cenar variados platos internacionales.
El gran Sky tenía montado todo un hostal en su casa! El trato no hablado, es cama a cambio de cena; tu cocinas y él te presta su suelo. A la llegada todas las normas y sugerencias estaban redactadas para los visitantes. También había cámaras por toda la finca para evitar robos.
Vimos que la vida de un solitario gringo incluso en Tailandia, un país  aparentemente sencillo, puede ser dura. Sentíamos que buscaba arroparse entre tanto extranjero y mantener a su alrededor un calor caótico, regado de whisky tailandés al atardecer. A sus 50 años, tras vivir millones de aventuras por el mundo, se había enamorado; de una chica
Lahu de las montañas. Quiere casarse con ella, le deseamos mucha suerte.
Dejamos el caos atrás y bajamos hacia Chiang Mai al encuentro de mi querida Katsi. Está aprendiendo los secretos del masaje tailandés allí, doy fe. Como ella también se movía en bici, fue genial ir los tres de paseo por la ciudad.
De allí nos fuimos acercando a la frontera birmana, mirando con temor la larga cordillera a nuestra derecha que sabíamos que en algún momento debiamos cruzar.

Birmania, amor a primera vista

15 Mar

Fue duro llegar hasta aquí, la etapa de Tak a Mae Sot fue para mí la peor de los 4 meses. Trazado romperpiernas con alguna subida fuerte, bajadas cortas pero potentes (mi cuenta llegó a los 76,2 km/h), cansados ya de Tailandia y con cierta incertidumbre de lo que nos esperaba en Myanmar. Así le pusieron los generales que gobiernan con mano de hierro este increíble país desde hace más de 40 años.
Ahora parece que algo empieza a cambiar, pero se percibe su alargada sombra aunque el gobierno sea “civil”.
Desde hace unos meses los guiris pueden moverse libremente por casi todo el país, si obviamos los constantes check points en los que identifican a todo el que pase, turista o local. Se dan situaciones divertidas, cono el día que nos “escoltó” la policía durante más de 30 km (eso para nosotros son dos horas con paradas para hacer fotos, tomar algo, mear…) En teoría nos guiaban, aunque iban detrás y cada cierto tiempo se daban el relevo y veíamos una cara nueva cuando ojeábamos el retrovisor. Finalmente tras cruzar el rio Irawaddy e indicarnos el camino correcto (que no era el que nosotros queriamos coger, sino uno más largo y seguro que con mejor carretera) se despidieron de nosotros.
Al entrar el país nuestras caras se iluminaron, atrás quedaba la homogeneidad del sudeste asiático, aquí los hombres llevan falda y mastican betel, las mujeres se pintan la cara con una pasta blanca… Parecido a India en lo estético a Sri Lanka en lo devoto, al SEA en el paisaje… Pero distinto a todos, un lugar y unas gentes con una tremenda personalidad, y generosidad desbordante. Nunca nos han regalado tantas cosas en tan poco tiempo, y  nos han dado mucho y de todo desde octubre hasta ahora, pero aquí es diferente.
Diferente porque aquí si se hace realidad ser novedad como visitante. Lógicamente no en los lugares turísticos o permitidos hasta ahora, pero sí en algunas aldeas del estado Karen, con un diezmado ejército insurgente aún en sus montañas, o en los caminos de la costa del golfo de bengala, siempre en construcción, donde cuando la carretera aparece fugazmente no es más que una pura amalgama de polvo y piedras aliñadas racanamente con hilos de asfalto

Agur Mekong

5 Mar

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Regresamos de nuevo a Laos, dejamos Isan para cruzar el Friendship bridge n°1 camino de Vientiane. Este Laos de los arrabales de la capital se asemejaba mucho mas a Tailandia que el que nos recibio en el sur.

Vientiane no tenia demasiado que ofrecernos, nuestros ojos y latidos estaban puestos en las montanas que nos separaban de Luangprabang. Tras las visitas capitalinas de rigor, pusimos rumbo al norte y en dos dias arribamos a Vang Vieng. Esta es la meca Laosiana del mochilero. La esperabamos caotica y desfasada pero nada de eso. Logicamente estaba cuajada de tardoadolescentes, ellos en bermudas, ellas en chores, y albergaba un par de garitos turbios donde corria la Beerlao y toda clase de pocimas que no probamos, somos deportistas ;))

En general el ambiente era bastante relajado, si con Salou o los Benidores lo comparamos (siquiera a escala). Diria yo que incluso mas que en la plaza de Cascajares de la Bureba en aquellas fiestas de los 90 (quien estuvo alli lo podra confirmar).

En Vang Vieng pudimos disfrutar de una velada con Marcel y Juli, nuestros amigos alemanes de Freedom Farm, que ahora estaran cerca de Australia. Buen Viaje pareja!!!

Tambien disfrutamos las montanas de sus alrededores, sus cuevas y la curiosa blue lagoon. Si vais no dejeis de alquilar una bici para explorar los alrededores. Son realmente bellos, merece la pena. Se parece mucho a Vinales (Cuba). Podria ser una Bahia de Halong sin agua, surcada de caminos polvorientos.

Se estaba agusto en Vang Vieng, pero algo nos impedia quedarnos. Desde el principio de la aventura, cuando la carretera se empinaba, repetiamos como un mantra: esto no es nada, vas a ver cuando lleguemos a Laos… Y necesitabamos comprobarlo.

La carretera no decepciono. Pese a ser una de las principales del pais apenas soporta trafico, si excluimos a las docenas de caravanas de chinos motorizados que nos cruzabamos cada dia. Eran sus vacaciones de ano nuevo y alli estaban, en “expediciones” de 10 o 12 coches, debidamente ambientados (walki talki, pegatinas en el coche) y numerados. Era bastante complicado descender aquellos inmensos puertos con la certeza de que detras de cualquier curva iba a aparecer un Vilarino de ojos rasgados trazando la curva por el interior, como si la carretera fuera un circuito para su uso y disfrute.

A pesar de eso las cuatro etapas de Vang Vieng a Luangprabang fueron de lo mejor del viaje. La primera noche, tras una jornada de media montana dormimos en un pequeno y economico Resort en o alto de un puerto. Nos lo recomendo un cicloturista holandes (esta gente viene con bicis de 2000 € y libros de ruta, igualito que nosotros). Llegamos de noche bien cerrada, pudimos parar antes y poner la tienda o buscar algo pero no podiamos hacerlo hasta llegar a las Hot Springs!! El sitio era mas que sencillo, pero tenia una piscina natural de aguas termales donde reposamos nuestros maltrechos mecanismos tras dejar los bartulos en la cabana.

Al dia siguiente empezaba la fiesta de verdad. Varios puertos de entre 15 y 20 km que subir y bajar, paisajes preciosos, pueblos H’mong y Akkha jalonando la carretera y mucho sudor. Despacito, sabiendo que tras la subida venia la bajada.

Compartimos rodadas, mesa y mantel con Cis y Rachel (londinenses amantes de la bicicleta) y Andre, breton de 66 anos que desde que se jubilara se va un par de meses anualmente a ciclar por ahi. Una gozada contar batallitas y comentar la jugada en esa mezcla de acentos y afectos que unio la carretera.

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Finalmente llegamos a Luangprabang, la capital de los templos, la ciudad “dolorosamente bella” segun la loli. Volvimos a sentir el sindrome de Angkor, aquello estaba cuajado de gente comprando souvenirs (el chinese new year es lo que tiene) y nuestros pensamientos todavia estaban negociando aquella curva tan jodida del descenso, buscando mas pinones en la cuesta o tratando de entender la mezcla de indiferencia y hostilidad que nos recibia en cada pueblo H’mong de las montanas (vease el post “Cada 8 minutos”).

El culmen de Luangprabang es la procesion matutina en la que, al alba, cientos de monjes salen de las docenas de templos a recibir las ofrendas de las devotas. Esto es muy comun en todos los pueblos y templos de estos paises budistas, pero aqui se ha convertido en una atraccion turistica, una suerte de encierro sanferminero con alquiler de balcones incluido. Lamentable ver al guiri de turno, sacando fotos en los pitones del monje. Nosotros no nos levantamos.

Lamentamos decepcionaros, oh excelsos seguidores de nuestras turistadas!!, pero pasamos de participar en semejante espectaculo, por respeto a la ceremonia, a las personas que la consideran importante y a los propios monjes. Ademas, cada dia en los margenes de las carreteras vemos esa misma ceremonia a escala local y a menudo participamos de ella en los templos en los que nos cobijan (la mayoria de las veces siendo nosotros los agasajados).

En Luangprabang celebramos mi cumpleanos cenando con vino chileno y mantel de tela!! Lujo total, como un lujo fue la tarta sorpresa y el fantastico regalo de Arantxa (un masaje para los dos en el sitio mas cool de la ciudad). Tras la cena hasta quedamos con nuestras amigas Cis y Rachel para seguir la fiesta, genial!!

De Luangprabang nos fuimos por el Mekong, despues de 4 meses y acompanarle en Vietnam, Camboya, Tailandia y Laos nos tocaba despedirnos de el. Que mejor manera que navegarlo durante dos dias. Asi llegamos a Huayxai, tras la preceptiva escala en Pakbeng. Os recomendamos este trayecto, es barato (unos 24€ pax, 30€ con la bici), bonito y comodo. Hay que llevar comida y bebida para la singladura (en el barco venden pero es mas caro), comprar en el muelle los tikets (y evitar comisiones de las guest house o agencias) y preveer que en Pakbeng toca pagar casi el doble de lo que vale una habitacion (u os buscais la vida como hicimos nosotros para dormir gratis). En Pakbeng se siente la cercania del Golden Triangle, ambiente turbio, continuos ofrecimientos de opio y algunos guiris experimentando. Es una ratonera (o nos lo parecio al llegar al atardecer), pero una escala pintoresca.

En Huayxai gastamos nuestros ultimos kips, cenamos con los coleguitas del barco y volvimos a entrar en Tailandia. Otra vez nos pidieron dinero para sellar el pasaporte, esta vez incluso en Tailandia!!. Nosotras, que hemos mejorado la tecnica solo pusimos cara de tonto y dijimos nomoni, nomoni. Funciono. De nuevo en el reino de Bumibol felices como perdices.

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Un año de excedencia, dos corazones, muchas agujetas.

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